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Elvira Fueyo, el humanismo de la fe

El adiós a una mujer comprometida con un mundo más justo

Solíamos reunirnos en casa de Elvira al lado del parque Isabel la Católica. Otras veces íbamos a casa de otra compañera, cercana a la plaza de San Miguel. Éramos un grupo bastante singular: tres mujeres sanitarias, un cura y un jovencito radical. La mesa en torno a la que nos reuníamos siempre tenía su pan, chorizo, queso, mejillones de lata y una botella de vino. Y no faltaba nunca la encíclica de Juan XXIII “Pacem in terris” junto a un esquema de estudio y trabajo de la misma. Justificábamos así la razón de aquella supuesta reunión de Cristianos de Base y que en realidad lo era de las Comunas Revolucionarias de Acción Socialista (CRAS). Corría 1971 y la dictadura mostraba su cara más represiva con el proceso de guerra de Burgos y los estados de excepción decretados recortando –aún más– los escasos derechos que teníamos. A aquellas reuniones llegábamos y salíamos de uno en uno y si en algún momento nos cruzábamos en la calle, no podíamos ni saludarnos, a no ser que hubiera una relación ajena a la militancia política, prohibida, perseguida y castigada con varios años de cárcel. Elvira sí formaba parte de aquellas comunidades cristianas de base que habían aportado a CRAS buena parte de su militancia y también un humanismo revolucionario que, junto a las corrientes libertarias históricas puestas en hora en aquel Mayo del 68, constituían su corpus ideológico. Probablemente su fe, era lo que le aportaba aquella fuerza extraordinaria que siempre tuvo, para luchar por un mundo más justo y solidario.

Elvira desarrollaba un trabajo con sus compañeros del Hospital de Cabueñes, no sólo de mejora en las condiciones laborales, también en defensa de la Sanidad pública. Esa manera de entender la acción sindical, alejada del reduccionismo economicista, dándole una perspectiva general y de clase, la llevó a formar parte del grupo promotor y de reconstrucción de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) desde mediados los años setenta. A finales de esa década, la recuerdo organizando una huelga dura con ocupación del Hospital incluida, compartiendo con ella y sus compañeras la Asamblea permanente a la que fuimos invitados todos los partidos obreros sin exclusión, algunos todavía ilegales.

Hizo suya, casi como cosa personal, la lucha en defensa de una Sanidad 100% Pública, no sólo hospitalaria, también de atención primaria. Me refiero a su papel en las movilizaciones por la construcción y puesta en marcha del Centro de Salud Zarracina y otras luchas vecinales de ese carácter.

En los últimos veinte cinco años nos veíamos, por lo menos, una semana entera de invierno. No se perdía charla, ni acto del Aula Popular José Luis García Rúa. Nos saludábamos con respeto y mucho afecto, sabiendo que compartíamos ese mismo vínculo con quien fuera nuestro Maestro libertario. Vivió ochenta y nueve años y los luchó todos. Que se vaya preparado Dios a poner en condiciones la Salud de las almas, en ese cielo en el que ella creía, si no quiere conflictos.

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