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Sariego

Nuevas epístolas a “Bilbo”

José Manuel Sariego

Democracia de cotillas

Donde rige la transparencia inmoderada no hay lugar para la confianza

Recupero y resumo cuatro reflexiones de ese ensayista germanocoreano, que sé que te inquieta porque cuando pronuncio su nombre reaccionas con cara de sorpresa y susto a un tiempo, como ante un estornudo: Biung-Chul Han. De nada valdrán sus advertencias, pero nos quedamos tan anchos.

Una: Facebook, Twitter, Instagram, TikTok y demás ralea de redes sociales sirven para capturar la atención nada más. Hoy impera la creencia de que para reconocer a alguien (a mí mismamente) un valor, ese alguien tiene que exhibirse, ha de colocarse necesariamente en un escaparate. Ese alguien, esa persona, en sí, carece de importancia. Lo único que le da valor, según se cree, es el exhibir lo que es o lo que tiene (o lo que no es o no tiene).

Dos: La exposición hasta el exceso lo convierte todo en mercancía. Lo invisible no existe, de modo que todo es entregado desnudo, sin misterio para ser devorado de inmediato. Una sociedad así expuesta se convierte en abierto y crudo espectáculo pornográfico.

Tres: Se oye a menudo que la base de la confianza reside en la transparencia. Falso. Si lo sé todo, sobra la confianza. Donde rige la transparencia inmoderada no hay lugar para la confianza. En vez de decir que la transparencia funda la confianza, habría que decir que la transparencia suprime la confianza. Solo se pide transparencia insistentemente en una sociedad en la que la confianza ya no existe como valor.

Cuatro: La transparencia que se exige hoy en día a los políticos es cualquier cosa menos una demanda política. El imperativo de la transparencia sirve para pillar a los políticos in fraganti, para desenmascararlos o para escandalizar. Esa demanda de transparencia terminante e ilimitada presupone la posición de un espectador escandalizado, no la de un ciudadano comprometido sino la de un “flanéur” virtual, un voyerista compulsivo, un mirón marginal, pasivo. La sociedad de la transparencia, poblada de espectadores y consumidores, es la base, es el molde de una democracia de junones de baranda, de cotillas.

A saber qué encubres, “Bilbo”, cuando te enroscas en el sillón desorejado y miras de reojo y ni el rabo meneas. A saber qué trastada escondes si te agazapas como muerto a la puerta del dormitorio. Y no por esos u otros ocultamientos habré de tildarte de falso, mentiroso, resabiado, insincero, simulado, doble, engañoso, opaco, oscuro... ni otras lindezas por el estilo contrarias a esa sobada aspiración de transparencia absoluta, a ese afán de diafanidad que más parece impudicia o impudencia. Supongo que no dejas de ser, a la postre, un simple chucho con una natural tendencia a guardar tus secretos, a emboscar tus perrerías, a preservar tus instintos.

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