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Eduardo Viñuela

Crítica / Música

Eduardo Viñuela

La OSPA saca pecho en el cierre de temporada

El pianista Simon Trpceski conquista al público con una intensa interpretación de Shostakovich

La OSPA decidió echar el resto en el último concierto; fue un cierre de temporada por todo lo alto, con dos obras de gran formato que hacían presagiar una tarde de sonoridad intensa, de fuerza, casi de rabia, y la ocasión bien lo merecía en un año tan extraño, tan irregular. En un curso en el que muchos de los recitales se vieron amenazados por la situación sanitaria, el concierto del jueves fue un golpe de autoridad, toda una auto reivindicación de la sinfónica asturiana que sonó con la contundencia pertinente. El público gijonés respondió con una asistencia notablemente más nutrida que en otras ocasiones y con una ovación final prolongada que sonó a reconocimiento por toda la temporada.

La energía llegaba del escenario incluso antes de que la música empezara a sonar. Simon Trpceski saltó a las tablas con determinación e imprimió ese ímpetu a los primeros compases del “Concierto para piano nº 2” de Shostakovich. La melodía manda en este primer movimiento, y discurre con fluidez sobre una tonalidad extendida muy propia del lenguaje del compositor ruso. El desarrollo de la obra va complicando la textura hasta lograr una sólida densidad y momentos de gran intensidad sonora. En todo momento destacó la buena compenetración entre el solista y el grupo, también en los pasajes delicados del “Andante”, que Trpceski mimó para transmitir belleza y sentimiento. Estuvo hábil el pianista macedonio para cambiar el aire del segundo al tercer movimiento en apenas cuatro notas y encarar un allegro final con numerosos compases irregulares y una fuerza progresiva que el pianista remató en la cadencia final puesto en pie. La ovación fue merecida y correspondida con el “Allegro con brio” del “Piano trio nº 2” de Shostakovich, interpretado junto al chelo principal y el concertino de la OSPA.

Chaikovski fue el compositor para completar el programa; la “Sinfonía nº 4” del compositor ruso prometía un remate contundente para la tarde, y la OSPA no defraudó. La sinfónica respondió con solvencia a esa perfecta combinación de elegancia y fuerza que caracteriza la obra orquestal del Chaikovski. La fanfarria inicial daba un aire solemne a una pieza que transcurre por momentos muy dispares y que cuenta con una orquestación exigente para todas las secciones y cadencias bien preparadas. Bortolameolli estuvo diligente y expresivo a la batuta, dando a cada movimiento su carácter particular: la ligereza al tema cantábile del “Andantino”, el nervio a los pizzicatti del “Scherzo” y la potencia al “Allegro fuoco” final, que interrumpió la paz y el tono bucólico del tercer movimiento para sonar en el Jovellanos como un estruendo, especialmente por la intervención de los platillos. Metales y percusión se emplearon a fondo en este final para impactar en un público que contuvo la respiración hasta el final y estalló en una sonora ovación. La tarde lo merecía, tanto por el concierto como por toda la temporada de la OSPA. Esperemos que la próxima transcurra sin sobresaltos.

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