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Filippo Priore

Por libre

Filippo Priore

Adiós a las mascarillas

Una medida que implicará un cambio radical en el día a día

Llegaron a nuestras vidas como un mar en plena fuerte marejada de dudas, con serios visos de convertirse en mar gruesa de reproches por doquier, por lo contradictorio de los mensajes emitidos por un supuesto comité de expertos, que como el plan de vías de esta nuestra villa marinera, se dice que existe, aunque nunca haya aparecido plasmado y firmado en tinta negra sobre papel blanco.

Pero así fue como pasaron a ser complemento imprescindibles en nuestras vidas las mascarillas, si bien no se libraron durante todo este tiempo de pura imposición para que más de uno, entre quienes me incluyo, pusiéramos en solfa su eficacia en espacios abiertos. Pero era como predicar en mitad de San Lorenzo. Poco menos que te tachaban de negacionista por decir que la utilización de una mascarilla al aire libre, sin nadie alrededor, o si acaso con la persona más cercana a no menos de la longitud del conjunto de Les Letrones de los Jardines de la Reina, era tan inútil y ridícula, como acudir con un preservativo puesto a una reunión de alcohólicos anónimos. Sin ningún rigor científico se intentaba matar moscas a cañonazos.

Pero hete aquí que no se sabe si por un perdónenme ustedes unos indultos, que aquí paz y después gloria, el Gobierno ha caído del guindo y con el Presidente a la cabeza (faltaría “plus”; de los 53 millones del rescate a la aerolínea Plus Ultra casi nadie ya se acuerda), ha anunciado que este finde podremos por fin quitarnos las mascarillas en espacios abiertos, con lo que más de uno después de tanto tiempo con el rostro cubierto cual superhéroe enmascarado, al reencontrarse con viejos conocidos se quedará durante unos incómodos segundos con el nombre del fulano en cuestión en la punta de la lengua, mientras en su cerebro martilleará una y otra vez aquello de “tu cara me suena”.

En fin, que sean cuales sean las razones por las que este Gobierno del donde dije digo, digo Diego, haya tomado esta decisión, habrá que celebrar el que de nuevo podamos disfrutar, al menos en parte, de unas sonrisas que llevaban demasiado tiempo gritando a través de los ojos libertad. Pero convendría que fuese ese mismo Gobierno quien aclarase que no todo el monte es orégano y que la norma de oro para su utilización, incluso fuera de espacios cerrados, debería ser siempre la del sentido común. Que no es lo mismo un paseo por la playa que un concierto de música con miles de personas presentes.

Que este parcial pero importante adiós a las mascarillas sea solo un primer paso hacia esa verdadera normalidad que los ciudadanos anhelamos recobrar. Pero que en ningún caso sirva para enmascarar todas las tropelías que se están cometiendo en este nuestro país llamado España. Que de burdas mascaradas políticas vamos más que sobrados en estos últimos tiempos. La desgracia es que falta aún demasiado tiempo para esa infalible vacuna que son las urnas. Y en una sola dosis.

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