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Nuevas epístolas a “Bilbo”

Autorretrato contigo

Sobre las miradas perrunas

Cuando te me quedas mirando largamente –no con ojos de vaca que rumia o que ríe, no–, ¿qué piensas, cacho perro? Cuando me escrutas de esa forma tan intensa, sin pestañear –los cristales de tus ojos no son precisamente espejos–, ¿qué ves, bicho? Cuando no me quitas la vista de encima desde tu lado del sofá –siempre tumbado a la bartola–, ¿qué observas, zángano redomado?

Si tú no te atreves a decir ni mu, cobarde, yo te diré lo que pasa por tu cabeza de chorlito, describiré lo que miras con tanto detenimiento. Tres arrugas profundas en una frente de media cuarta de anchura. Seis patas de gallo en las esquinas del ojo izquierdo y tres en las del derecho. Cuatro verrugas en el párpado superior del ojo derecho, dos en el izquierdo. Una mata de pelo paja que cuelga por encima de las orejas, patillas tupidas, cortas, cejas despobladas, ralas. Por tu condición de perro, no podrás desvelar el color de la mirada, pero sí la pesadumbre. Notarás dos abultados, ojerosos párpados colgantes, incapaces de desprenderse de las orillas, de los bordes de las pestañas inferiores. Al finalizar el escrutinio, menospreciando una nariz anodina, te regodearás en la contemplación voluptuosa de la carne desaprovechada de los labios.

Por mucho que te esfuerces, “Bilbo”, no alcanzarás a ver, como yo veo, la hondura del retrato, más allá de los espejos encolados, más allá de tus ojos fijos. La mirada demasiado melancólica, deplorable. A lo que parece, pretende escapar, huir, regresar a la Loma ya profanada, hasta el Peñuco ya amancillado, a la Tablada contigua al río sin truchas, a las geografías del pueblo donde nació, que no es el mismo de antes, como si ese abandono al escape lo librara de la murria que lo atolondra; como si ese efugio a la infancia pudiera vaticinarle un final feliz; como si regurgitar las sustancias del útero, las aguas del venero fuera la solución; como si una suicida canción de cuna proporcionara la escapatoria ante el pesar de la incomprensión que lo aplana, ante el aspaviento de los malos humores, ante el escrache de las callejas, ante el zumbido del chigre vocinglero, ante el oprobio; como si el trabajo de tanto tiempo resultara baldío; como si todo esfuerzo hubiera devenido inútil; como si los muchos desvelos volcados en el vecindario significaran un despilfarro; como si predominaran, en su desalentada percepción, los gestos y miradas de repudio; como si las manchas lívidas de sus párpados y los pliegues, deformes ya, de su piel condujeran, sin otra opción posible, a las raíces graciosamente concedidas, al vientre imprevisto y arbitrario de la tierra original en la que ya nada germina.

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