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Francisco García

Memoria del último playu

Adiós a un referente del gijonismo

Se nos ha ido Fonso en silencio y quedo, como el artista que hace mutis por la puerta trasera de un teatro vacío, cumplida la última función de la temporada. Ligero de equipaje y a la postre flaco como un silbido se nos marchó Alfonso Peláez, el médico droguero, columnista de Bic cristal y cuartilla, el último “playu”, al que algún día Gijón tendrá que honrar en el callejero.

Se nos va un amigo, un confesor, un hombre bueno que a veces tomaba el disfraz de cascarrabias, un rojo de los de toda la vida, al gijonés modo, un alumno modelado en los cánones de la orden de Loyola, sportinguista que se negó a militar en el club de admiradores de Joaquín. Me cupo el honor de conocerle, tratarle, corregirle originales, prologar alguno de sus libros y presentárselos ante monumental concurrencia, entrevistarle, hacerle panegíricos a portagayola, a él que alumbró con Isabel al mejor crítico taurino de la historia de esta región, primero discípulo y ahora compañero... Pero sobre todo me jacto de quererle y que me haya querido como a un hermano pequeño al que en muchas ocasiones llevó de la mano por las callejas del Gijón más satírico y coñón, desde la barra de Oscarín a untar pan en queso, a pleitear esgrimas con los oricios de Ataúlfo que quiso meter con calzador, según escribió en un celebrado artículo, en el estampado de la bandera rojiblanca de su ciudad. O cuando coincidíamos con Miguel Mingotes, su otro yo, con el que conformaba el “Dúo Sacapuntas” del gijonismo, el “Tip y Coll” del surrealismo local cuando abanderaron proyectos a la par.

Ratifico en este obituario lo que escribí del buen amigo en el prólogo de su último libro, “Escogiendo lentejas”, que me encargó en medio de una ronda de gin-tonics tras una comida de los viernes en la “tertulia de los curas” del hotel Asturias, que lamentablemente se nos va despoblando sin remedio: “En el hipotético caso en que pudiera determinarse el ADN puro gijonés por medio de sesudas investigaciones realizadas por el prestigioso equipo del doctor Vizoso en el Hospital de Jove; si los investigadores de ese laureado departamento alcanzaran a descifrar el código de barras genético que marca la herencia de la especie a estas alturas de la ribera del Piles, no alberguen duda alguna de que esa reunión de polímeros de nucleótidos coincidiría en un noventa y nueve coma nueve por ciento con la estampa de Alfonso Peláez, médico de carrera, droguero por tradición familiar, futbolista frustrado, articulista de corte breve, escritor prolífico y gijonés de pura cepa”.

Como escritor y articulista de lo menudo era un empecinado costumbrista. Y como paisano se antojaba hombre de costumbres también. Costumbrismo en el estilo literario y en el “modus vivendi”, en los hábitos personales. Alfonso lo era en la acepción de dirigirse por la vida a piñón fijo: levantarse, asearse, paseo matutino por el Muro con LA NUEVA ESPAÑA bajo el brazo; café en el Bariloche y a abrir la droguería; cerrar la tienda; botellina de sidra en Ataúlfo; a comer a casa –si no es viernes, día sagrado para la cháchara con los tertulianos del hotel Asturias–; otro paseo; cafetín en Casa Manuela; a la tienda otra vez; vuelta vespertina a Ataúlfo; a cenar en casa, y a las once, a la cama. Puede decirse que este gran amigo era un costumbrista del carajo. Y un tipo acojonante, adjetivo que seguramente es el que más le escuché utilizar, en cualquier contexto, a lo largo de la última década y media.

De Fonsín siempre me sorprendió esa curiosa habilidad suya de encenderle una vela a Dios y otra al diablo. A los dos se empeña en tener contentos, no vaya a ser que uno u otro, en la suerte última, la suprema, le tengan que alquilar, arriba o abajo, una de sus estancias para las vacaciones más largas. Aunque yo creo que si hay cielo, como defienden desde ahí arriba los curas “rojos” José Luis y Bardales y aquí en la tierra los también sacerdotes Gómez Cuesta y Torga, en sus praderías habrá aparcado Alfonso, al reclamo socarrón de Dioni Viña y su ejército de prácticos de llevar a buen puerto nobles almas. Iba haciendo falta un droguero en ese sitio, que la corte celestial se antoja escasa de gomina Saboy para aplacar los rizos indómitos del cabello de ángel de los querubines. Puede que a las puertas del Paraíso Peláez se asome al aldabón de San Pedro, de cuyo templo fue parroquiano, con una brocha de afeitar de pelo de tejón de regalo, de esas que ya solo quedan en el escaparate, ahora huérfano, de la celebérrima Droguería Asturiana. Y si hay muebles en la estancia que le toque ocupar, discurrirá con Ladis, humeando ambos un Montecristo del 4, cómo pasarle a la cómoda una mano del líquido de lustrar maderas, fórmula magistral de uso familiar que Fonso nunca quiso desvelar. Testigo de la escena será Juanra Pérez Las Clotas, que soltará una sonora carcajada, mientras Chema Cabezudo tirará las líneas del salón de nubes donde quedarán a comer, cada viernes, los que ya no están, los que ya se han ido. “Salutem pluriman” con las copas en alza, y a los postres, “La Capitana”.

Hasta siempre, Alfonso, hasta la vista. Y como sé que allá donde zascandilees te las ingeniarás para leer este obituario “de baberu”, doy por seguro también lo que vas a espetar al coronar la última línea: “¡Hala, Paquín, ve a rascala!”.

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