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Javier Gómez Cuesta

Un playu ocurrente y simpaticón

El adiós a Alfonso Peláez, un hombre que valoraba profundamente la amistad

“¡Cantar de la tierra mía,

Un playu ocurrente y simpaticón

que echa flores

al Jesús de la agonía,

Y es la fe de mis mayores!

Con estos versos de la poesía “La Saeta” de Antonio Machado finalizaba Alfonso el Pregón de la Semana Santa, en abril de 2011, hace diez años. ¡Qué pronto pasa el tiempo y cuánto pasa en este tramo de tiempo! Recuerdo aquel pregón lleno de anécdotas, de nombres populares gijoneses –citó a la Tarabica, la pescadora de Cimavilla– que hacía míticos, de vivencias, de recuerdos, de amor a la ciudad, de playu ocurrente y simpaticón, de esos que no solo nacen y habitan la ciudad, sino que la viven y la hacen vivir, que la saborean y la hacen gustar, que guardan custodia de las tradiciones y las defienden porque son “alma”, alma viva, en este caso, además, de este “Gijón del alma”. Recuerdo que en la lectura del pregón aludía a la procesión del Sábado Santo, la de la Virgen de la Soledad y San Juanín de la Barquera, a la que nunca faltaba en la madrugada de ese día. La describía como de un silencio “maestrante” que, a buen seguro, al que asista, no la olvidará jamás y le provocara una dosis de silencio interior en vena muy gratificante.

Se nos fue pronto, demasiado pronto. Queremos manifestaros nuestro sentimiento a vosotros: Isabel, su esposa, María e Ignacio, sus hijos, y demás familiares. Como veis, por la numerosa asistencia presencial a este funeral, era una persona muy querida, que deja una huella honda en todos los que le conocimos y tratamos. Tenía un gran corazón, de los que se dan a los demás y lo hacía con una gran discreción y eficacia. La medicina para él, además de ser una profesión y vocación que le gustaba, él mismo confesó que la eligió también como una forma de darse a los demás. En el barrio de La Calzada, ejerciendo esa profesión, conoció al “cura Bardales”, como él le citaba en las originales columnas del periódico con el tejió una gran amistad. La amistad, uno de los ricos dones de Alfonso. Con solo evocar su nombre, me viene a la memoria y al corazón otros muchos nombres y rostros de amirgos con los que convivió (y por él conviví yo también). Alfonso hizo grandes amistades ya en el colegio de la Inmaculada con compañeros y profesores –hace ocho meses murió el P. Rafael Romero, con el que mantenía una cordial relación–, amigos en El Molinón, en la plaza de toros, en las tertulias, en la droguería, esa droguería clásica, centenaria, de “ayer, hoy y siempre”, amigos entrañables como Juan Ramón Pérez de las Clotas, Dioni, Chema Cabezudo, Díaz-Negrete... que se fueron antes. Ahora, Alfonso, ellos te esperan.

Cuando muere una persona querida, popular, significativa, suele oírse este lamento: “Personas como ésta, no debieran morir nunca”. Tienen razón. ¡No!, no mueren para siempre. Para un cristiano, morir es Pascua, paso, subir, ascender a una nueva dimensión, la de la plenitud, la que deseamos y anhelamos. La vida no puede ser un fracaso. El amor, la amistad, la fraternidad, la justicia, la lucha por la paz... no pueden ser solo efluvios de un organismo material. Hasta los neomarxistas de la Escuela de Frankfurt debatieron si la justicia, la justicia para todos, no la justicia en abstracto, sino para cada uno, es posible si no hay un “más allá”. La muerte no puede igualar a víctimas y verdugos. O hay victoria sobre la muerte o no hay victoria sobre la injusticia. El amor, la amistad, la lucha por la justicia y la paz, son dones de Dios, las huellas que Dios Creador y Padre, que se manifestó en Jesucristo para poner punto final a espurias especulaciones, nos dejó para que intuyéramos y vislumbráramos nuestro origen y destino. Valoramos poco la dimensión espiritual del ser humano cuando es lo más específico y lo que nos engrandece.

Es comprensible que tengamos dudas y oscuridades. Pero esa es la razón de la encarnación del Jesucristo, el Dios que se hizo hombre para decirnos quiénes somos y qué nos espera, para descifrar el misterio de nuestra vida. “Yo soy la resurrección y la Vida”, dijo y realizó. Él es el Resucitado. Resucitar es el sueño de todo ser humano, es vivir en plenitud siendo nosotros mismos, pero ya sin todo lo que merma y hace insufrible y caduca la vida, incorporados para vivir en una nueva dimensión. ¿No es más racional y razonable, más justo, más humano, más acorde con lo que somos, lo que deseamos, por lo que luchamos... el ser destinados a la vida que ser mercancía de la muerte para siempre y difuminarnos en la nada? ¿Qué deseamos para Alfonso? ¿Cómo le agradecemos lo que ha sido, el legado que nos ha dejado? El único premio justo –además de nuestro cariño y nuestra memoria viva que no le deje caer en el olvido– es la vida, esa nueva vida que Alfonso inició en el pila bautismal de esta parroquia de San Pedro de Gijón, donde hoy le despedimos tristes, pero esperanzados, porque para un cristiano la vida es una carrera con Dios al fondo, que tiene meta y destino, en el que escucharemos esas Bienaventuranzas que son el mejor reclamo de amor, de humanidad y justicia: “Venid benditos de mi Padre porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve desnudo...”.

Entre los fenómenos naturales de este paraíso que es Gijón (así lo describía Alfonso y decía que también tenía pecado original, porque había cosas que se habían hecho y se hacen mal...) que le fascinaban y encandilaban eran los amaneceres y atardeceres de esta bahía de San Lorenzo. Muchas mañanas, antes de abrir la droguería, se asomaba a la mar aquí junto a San Pedro, “en el Pedreru”, a gustar la luz variada, distinta, mágica, de la mañana, que le embelesaba. Alfonso, que la luz del atardecer que hoy te nos oculta y te lleva, sea mañana la luz esplendorosa de ese amanecer que para ti ya no se acaba. Amén.

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