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Nuevas epístolas a “Bilbo”

Job ante las colas de los bancos

Las largas esperas ante las entidades financieras

Vino un mensajero y le dijo que, mientras araban los bueyes y las asnas pacían, acometieron los sabeos, robaron los animales y mataron a los criados a filo de espada. No había terminado de hablar cuando llegó otro emisario para anunciarle que el fuego de Dios cayó del cielo, quemó a ovejas y pastores y los consumió. Se acercó un tercer encomendero, quien le comunicó que los caldeos formaron tres escuadrones y arremetieron contra los camellos y se los llevaron y pasaron a cuchillo a los criados. Antes incluso de que terminara su anuncio, otro recadero llegó a contarle que sus hijos e hijas, que comían y bebían en casa del hermano primogénito, murieron aplastados por el derrumbe de las cuatro esquinas de la casa que ocupaban, provocado por un gran viento que provenía del desierto. El mismísimo Satanás visitó a Job y lo infectó con una sarna maligna desde la planta del pie hasta la coronilla de la cabeza, cuyos picores no aplacaba ni rascándose con un pedrusco. Job se levantó, rasgó su manto, rasuró su cabeza, se postró en tierra y dijo: “Jehová dio y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito”. Su mujer le espetó a bocajarro: “¿Aún mantienes tu integridad? Maldice a Dios y muérete”.

Versiono, a mi arbitrio, el “Libro de Job”, “Bilbo”, a propósito de lo que ya habrás observado: el crecimiento exponencial de las colas de la paciencia. Colas ante el estanco, ante las fruterías, colas ante los supermercados, carnicerías, ferreterías, farmacias, colas del pan... Me temo que la proliferación de tantas colas constituye el síntoma más vistoso de esa resignación “jobiana” que nos infestó. Sospecho que nos hemos convertido en ciudadanos más sumisos, más gregarios, más súbditos. La evidencia más humillante, más indignante, más abusiva radica en las colas ante los todopoderosos bancos. El colmo del sometimiento, del servilismo impuesto por los bancos a sus clientes se asemeja a una maldición bíblica, a los caprichos dañosos de Jehová.

Elevemos nuestra airada queja, como Job, espoleado por su mujer, a Jehová, ante la prepotencia bancaria, ante ultrajes tan ignominiosos. Porque traspasan los linderos de la decencia: roban los ganados de los huérfanos, toman en prenda el buey de la viuda, apartan de sus umbrales a los menesterosos, vendimian, impíos, la viña ajena; al desnudo hacen dormir sin ropa, quitan el pecho a los niños, al pobre hurtan la fianza, a los hambrientos privan de las gavillas, a los fuertes adulan con su poder, les dan seguridad y aliento.

Desde la ciudad gimen los moribundos y claman las almas de los heridos de muerte; pero la banca, despótica, no atiende las deprecaciones.

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