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La Nueva España

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JC Herrero

Entre pitos, palmas y con los ojos cerrados

Tenemos que darnos una tregua social antes que la sangre consuetudinaria llegue al río, y es que están a la vuelta de la esquina los espectáculos usando gafas de visión virtual. ¿Para qué pelearnos con toros si, toros no?.

La ilustre alcaldesa de Gijón le echó bemoles para anunciar el cierre de su plaza de toros, muy probablemente la vara de medir con la que sorteó a los astados por el machinomio “Feminista” y el negrero “Nigeriano”. Qué va, esa no fue la causa, lo es el pliego de firmas, miles, que pedían anular una novillada trashumante en Cangas de Onís, hasta un cuarto de la población de Oviedo, que son muchos votos animalistas.

Las prohibiciones nunca han sido buenas, si las promueves te crecen los enanos, máxime si hablamos de espectáculos taurinos, lo explicamos. Hace cuatro días prohibieron los anuncios de alcohol inventándose el (“0,0”) antesala de la gradación consumista, aumentando las ventas que es un primor. Se prohibió fumar en sitios cerrados abocando al cierre de chiringos, y proliferan mesas de terrazas como champiñones por doquiera, no te ahúman pero te puede coger un coche mientras tomas el café sentado al borde de la acera, estancos y chiringos no echan el cierre y el “fumar mata” no asusta a nadie.

¿No podemos hablar?, sería la pregunta.

Y es que el espectáculo taurino puede y debe evolucionar a mejores, total en breve entraremos al espectáculo con gafas virtuales ¿para qué tanto disgusto? Cedamos un poquito. El error de unos y otros está en la radicalización de sus posiciones, y tiene que haber un término medio.

Lo justo para contentar a todos y no hacer malabares de minorías, según qué derecho se exija, sería valorar el sentido animalista que es determinante en el conflicto. El toro de lidia, como las carreras de caballos, la hípica, la suelta de San Fermín, los rodeos, las carreras de trineos, el perro de pastoreo, la cetrería, la caza con perro, los acuarios que albergan animales hidro-estabulados, los zoos y un largo etcétera. En esa centralidad animalista el toro puede y debe seguir ofreciendo espectáculo y sin derramarse una gota de sangre.

Volver a los inicios de la tauromaquia y rejoneo utilizando pegatinas, o besos, en vez de rejones, exaltando la belleza de un caballo, el caballero y el animal que vuelve sano y salvo a su manada.

¿Y los sorteadores? acaso no llenaría una plaza un buen plantel de sorteadores hispanoportugueses devolviendo al animal a la dehesa y que la suerte echada sea la típica del ganado vacuno, al menos hasta que nos convirtamos todos en vegetarianos, todo llegará. Hasta el“Bombero torero” se recuperaría riéndonos con –nunca de– los payasos, ya sean grandes, chicos o mediopensionistas.

Tanta acritud para nada, si en breve seguiremos comulgando –que esa es la esencia de cualquier espectáculo– sin apenas vernos y sin derramar, no ya sangre, ni una lágrima porque nuestros ojos estarán cerrados en la virtualidad, con lo que la cualidad consuetudinaria –la costumbre– toca a su fin.

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