El tremendo fiasco de la comisión del Muro no puede ser, bajo ningún concepto, otra excusa para retrasar más aún una decisión definitiva sobre la reforma del paseo, cuyas líneas maestras deberían quedar resueltas antes de que acabe este mandato, en junio de 2023 (al menos, si habrá un solo carril en dirección a la avenida de Castilla como ahora o uno en cada sentido, como exigen diferentes colectivos ciudadanos y políticos). Visto que todos los implicados han dado por finiquitada la labor del grupo, antes incluso de que se emita el informe definitivo, lo que toca ahora es fijar un calendario con suficiente concreción en torno al eje, para que la provisionalidad que implica el “cascayu” sea cuanto antes pasado. Y teniendo en cuenta en adelante los errores que condujeron al sonoro fracaso, que se pueden resumir básicamente en tres: el formato escogido para el debate invitaba tremendamente a la politización, la responsabilidad de su elección y por ello del patinazo es del gobierno local y la organización del trabajo no siempre fue la más acertada.

El formato de la comisión del Muro, que pecó de voluntarista, se hizo deprisa y corriendo, como si fuera una ocurrencia en medio de las protestas de una parte de los gijoneses por la semipeatonalización repentina del paseo. Y creer que un foro de estas características se iba a librar de la pugna partidista por el mero hecho de que lo dirigiera el Colegio de Arquitectos fue ingenuo, en el mejor de los casos. El órgano presuntamente deliberativo se convirtió pronto en un campo de batalla para que unos y otros se tirasen los trastos a la cabeza. La política ya tiene sus cauces institucionales, de ahí que la invención de ámbitos paralelos suela conducir al caos.

Y ese caos debe asumirlo como propio el gobierno local porque suya fue única y exclusivamente la idea de crear la comisión del Muro, al margen de que algunos de sus miembros jugasen después más o menos limpio. En realidad, lo único que se hizo fue sentar la división que había en la calle a una misma mesa. Para próximas ocasiones, seguramente lo mejor será apoyarse más en los técnicos municipales. Dicho esto, la conducción de los trabajos arroja algunas sombras. Nadie ha explicado por ejemplo por qué se incumplieron flagrantemente los plazos anunciados inicialmente. Y no parece tampoco muy razonable que la labor finalizase con un cuestionario a los miembros de la comisión con preguntas innecesarias y, en algunos casos, contradictorias.

Por todo ello, toca pasar página, pero sin olvidar ni un segundo que el Muro sigue pendiente de una solución.