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Jesús del Campo

Epígrafe

Jesús del Campo

Pasarela en Roma

La emergencia de ministras y otros aspectos de la política española

No están tan lejos en el recuerdo imágenes que uno tiene de gente que iba a Roma a ver al papa. Eran cristianos sólidos que, al ver de lejos al pontífice, le vitoreaban y se dejaban bendecir. Una entrevista personal con él, para aquella gente de fe fuerte y buen corazón, habría sido más que un privilegio; habría robustecido su esperanza hasta lo increíble. Tampoco habría sido injusta, ciertamente. Pero la infantería tiene sus desventajas y el papa recibe a VIPs que, aunque no se sepan bien el catecismo, sí saben mucho de candelabro político. Puede que nos crujan a tedios mediáticos con los avances galácticos de la igualdad, pero hay cosas que no cambian; el papa nunca recibirá en audiencia personal a cristianos anónimos e impecables que hacen de la humildad virtud, y no como esa famosa monja de Tucumán afincada en el nordeste y pelín pendenciera que nunca pero nunca, nunca, nunca está callada y que también posa junto a Francisco con la sonrisa ancha y feliz de quien coleguea con un viejo conocido. Ni Évole ni la monja austral ni la ministra Díaz son éxitos diplomáticos; el papa debería acordarse más de los indispensables. Sin las oraciones calladas de esa gente que le aclama a distancia y no chupa cámara a su lado, no habría Iglesia. Así de simple.

España está de lleno en un momento tan divertido, y con unos cánones de excelencia tan peculiares, que la ministra Díaz es tenida por inteligente porque al menos ella no dice “proponido”. Por explicarlo más, es como si David Bisbal diera un golpe de Estado mañana y Bulería, bulería pasara a ser el himno nacional. La ministra Díaz es a la inteligencia política lo que Bisbal a la música: una tangencialidad. Pero es lo que tiene predicar igualdades y retener privilegios: que la infantería indispensable siempre se queda donde está. Cuanto más te predican, más claro ves que los privilegios son una cosa muy seria. Después de Évole, la monja austral y la ministra Díaz, que tan magníficamente resumen nuestra actualidad ética y estética, el papa tiene ahora pendiente llamar al músico español James Rhodes para que ofrezca un concierto en la capilla Sixtina. Puede Sánchez estar contento después de haber derrotado al virus por KO tan brillantemente; ya se va consolidando en España el pacto perverso que hace de la imbecilidad virtud. De pe a pa quiere Sánchez que se cumpla la Constitución él, que con esa chulería tan suya le vacilaba a un periodista navarro diciendo con quién no iba a pactar. ¿Prohibirá la Constitución la mentira, como el catecismo? Chimosa, balcánica y cutre, España se curra su mejor momento y Sánchez hace caja. Ay, la infantería. Ay, los indispensables.

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