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Raúl Suevos

Mensajes

Los discursos de la jefatura del Estado en Nochebuena, de Franco a Felipe VI

Llevo toda mi vida pasando la Nochebuena con una misma liturgia. El rito se inicia con el discurso del jefe del Estado. Al principio lo hacía a través de la radio, después en una televisión en blanco y negro. Siempre era igual, no nos sentábamos a la mesa hasta la finalización del discurso, algo que, a mi hermano y a mí, nos inquietaba, pues apenas prestábamos atención a Franco y sí a mi madre que aquella noche se esmeraba especialmente.

Después vinieron los discursos del rey Juan Carlos, y últimamente los de su hijo Felipe. Podría presumir, pues, de ser un experto en discursos navideños. Los de Franco, aunque los oyese como en sordina, por la edad, salían de su voluntad, puesto que su régimen le daba esa prerrogativa. Los discursos reales, en cambio, como acto de la real persona, deben ser refrendados por el Gobierno. Nada se dice sin la aprobación del inquilino de la Moncloa.

Dentro de esa concordia entre palacios, cabe imaginar que, en los primeros años, el joven monarca y el atareado Suarez, funcionaban laxamente en este menester discursivo pero, con el tiempo, quedó claro que los gobiernos amarraban cuidadosamente los discursos del rey en general y el navideño en particular. Quizás más los “progresistas”, por su teórico republicanismo, y una aparente libertad del lado conservador, respetuosos de la institución monárquica, según dicen algunos.

Por ello, hace años que presto más atención al entorno, en el que imagino mensajes, que a las palabras, que intuyo sometidas al yugo de la egregia autocensura, y que, este año, me parecieron claramente gubernamentales, por contraposición a la decoración, en la que me pareció ver crípticas declaraciones.

No es país para viejos España. Una breve imagen de la Sagrada familia al inicio, que ya no volvió a aparecer fue el destello de las viejas tradiciones, después, en cuanto a la Navidad, el permanente árbol y las flores de pascua, costumbres traídas del mundo anglosajón y que, como casi todo en la “nueva” cultura, parecían apoderarse del entorno, que alcanzaba también al marco pictórico, muy moderno, sin lugar para lo clásico.

Las fotografías, el mensaje anual, nos traen el futuro de la mano de la princesa de Asturias. Detrás del Rey, una imagen de la real familia y, momentáneamente, creí ver, esquinado, en la fotografía trasera, al rey Juan Carlos; pero no, era una ilusión; el padre de la actual España sigue proscrito, hasta en los mensajes. Nuestra España ya no perdona los pecados de bragueta, nos hemos hecho tan hipócritas como si fuésemos protestantes, ya no funciona el acto de contrición y la penitencia, aunque tengas 84 años. Una pena.

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