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Toli Morilla

Solo de trompeta

Toli Morilla

Ritual de iniciación I: Vázquez

“El verano de las flores” fue noticia en 1967. En otoño, José Luis, el que sustituyó a Don Elías, llegó vestido con el primer pantalón vaquero que vimos en el aula. Se movía con agilidad entre los pupitres sosteniendo la sonrisa, limpiando unas gafas que se empañaban con demasiada facilidad o apagando el brillo del sudor sobre la frente con un pañuelo. Guiado por el afán del novato o simplemente porque él era así, se le ocurrió que una buena manera de conocernos sería que cada uno de los alumnos dijéramos en voz alta cual era la ocupación del padre. La inquietud se extendió por la clase como el riego nocturno de los nuevos camiones cisterna que había comprado el ayuntamiento. Ruido de sillas, vergüenza, sudor. De reojo, el ademán de una colleja en el cogote de uno que resopló de tal manera que despeinó al compañero. Nuestros pequeños cuerpos se acomodaron anárquicamente en un metro cuadrado reconstruyendo una postura corporal a la altura de reto. Pensé que la posibilidad de escuchar eso de ‘mi padre es policía’ haría realidad el eterno farol del recreo, sabiendo, al fin, con quien no tenía que jugármela. En el catecismo nos habían dicho que aún faltaba un año para obtener el uso de razón que llegaría con la primera comunión. Desposeído de tal don, sospeché que aquella forma de conocernos no podía terminar bien; como si la profesión del padre tuviera una relación directa con las capacidades, el carácter o la personalidad de los hijos. La encuesta, por orden alfabético, comenzó con un tal Alonso que, elevando la voz, dijo –¡Carnicero! – Estalló una carcajada general. ¡Le habían vacilado al nuevo! ¿Quieres decir que tu padre es carnicero, verdad? –El profe sostuvo la sonrisa, Alonso asintió.

Sucesivamente fuimos nombrando la profesión del padre, nunca de la madre, revelándonos ante los compañeros como “el hijo del ...”. Para unos pocos, la jerarquía social de los mayores entraba como Superman en el aula, para el resto, lentamente, como el gas lacrimógeno. La encuesta discurría bien, íbamos por la uve. Vázquez se puso de pie, parecía una caldera de vapor a punto de explotar. Nada salió de su voz. Los labios cosidos con los dientes. –Diga algo, Vázquez- Pero nada salía del cuerpo rígido del penúltimo de la lista. José Luis, visiblemente alterado, trató de tranquilizar al chico dando por terminado el fallido método de conocimiento mutuo. Vázquez no regresó a la escuela. Poco tiempo después supimos que su padre había sido trasladado a otra prisión.

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