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Maribel Lugilde

Restaurar la justicia

El encuentro entre el único asturiano condenado por el 11 y una de sus victimas

“Si estoy aquí contigo es porque algo bueno tienes”, le dijo Maixabel Lasa al Koldo Carrasco, antiguo miembro del comando “Buruntza”, que mató en 2000 a Juan María Jáuregui. El exetarra había solicitado un encuentro restaurativo con la viuda de su víctima y tal era su abatimiento, contaría años después Maixabel, que ella quiso ayudarle a hallar su reducto de bondad.

Hemos descubierto recientemente el concepto de justicia restaurativa, gracias a la película “Maixabel” de Itziar Bollaín, precedida del también magnífico documental “El fin de ETA”, de Justin Webster. En él, la viuda de Jáuregui dialoga con Ibon Etxezarreta, protagonistas ambos del film de Bollaín. El impacto de sus conversaciones es imponente para cualquier alma sensible.

Etxezarreta parece en vigilia permanente de su culpa. Como si asumir su responsabilidad le mantuviera en pie. Y ha encontrado cierta paz gracias a la posibilidad de escuchar y ser escuchado por Maixabel. A su vez, ella confiesa el efecto benéfico de este dificilísimo diálogo en su vida. Como si el nudo gordiano del dolor y la ira se hubiera disuelto en él.

El asturiano José Emilio Suárez Trashorras, condenado a 34.715 años como cooperador de los atentados del 11M –la condena más alta impuesta a un nacional en la historia de nuestra justicia– mantuvo también un encuentro restaurativo. Un hecho inadvertido que ha vuelto a salir a la luz en el aniversario de la masacre. La víctima era Jesús Ramírez, al que dos mochilas explosivas alcanzaron en el tren de la estación de El Pozo y que fue vicepresidente de la asociación 11M Afectados por Terrorismo.

Prácticamente nada trascendió de aquella cita, pero importa mucho saber que se produjo. Que Trashorras –ese ser que ligó una mina asturiana con el peor atentado de nuestra historia– convertido a la fe evangélica, integrado en prisión en un programa de atención a enfermos mentales y con oscilaciones en su conducta carcelaria, lo intentó. E importa que hubo quien aceptó mirarle a los ojos.

El Estatuto de la Víctima que el gobierno aprobó en 2015 contempla estos encuentros bajo la premisa de la “desigualdad moral” entre víctima y victimario. Poco hemos sabido hasta ahora de ellos pero quizás convendría pararse a valorar en su justa medida el hallazgo. Más allá del efecto particular sobre el ser herido y el que le hirió, cierra el círculo que la justicia institucional deja irresuelto y restaura a la propia justicia.

“No te he pedido perdón porque lo que he hecho es imperdonable”, dice Ibon Etxezarreta. “No te voy a decir si te perdono o no pero mereces una oportunidad para rehacer tu vida”, le responde Maixabel Lasa.

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