Opinión
Presos y naranjas
Memoria activa del pasado en la exposición de José María Guijarro en el Barjola
En noviembre de 1998, año del cierre de la cárcel de Carabanchel tras la salida de los últimos presos comunes, un grupo de nueve antiguos reclusos se fotografió en la tercera galería, la de los presos políticos de la dictadura. La imagen ilustró entonces la muerte oficial de la prisión y se incluyó en una edición del libro “Decidme cómo es un árbol” en el que el poeta comunista Marcos Ana relataba su periplo carcelario de 23 años, el más largo de los presos políticos españoles. Era uno de los nueve, junto a Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero, Narciso Julián, José María Laso, Víctor Díaz-Cardiel, Timoteo Ruiz, José Sandoval y Carlos Álvarez.
El filósofo y artista manchego José María Guijarro quedó atrapado durante el confinamiento en el texto de Marcos Ana y la imagen de quienes habían tejido en prisión aquellas “comunas”, parapetos donde compartir ideales, hambre y comida. También acompañar la espera de la pena capital, “la Pepa”, puntual a las seis de la madrugada, después de “la saca” de los elegidos de cada celda. Resistencia frente al naufragio diario. “Mi corazón es patio”, resumía Ana, al que creyeron descubrir en un intento de fuga por trepar a la claraboya de su celda para ver la luna.
Guijarro ha extraído a los nueve del papel emulsionado y les ha recreado en dos versiones pictóricas gemelas que pueden contemplarse en el museo Barjola de Gijón, en la exposición “Siempre había más presos que naranjas”, comisariada por Laura Gutiérrez. Ha querido la vida que hace unas semanas falleciera el último del grupo, el poeta Carlos Álvarez. Sin pretenderlo, la puerta de entrada artística a la muestra es hoy completamente memoria.
Y quizás porque, según Marcos Ana, es imprescindible en el presente una “memoria activa del pasado”, la exposición de Guijarro es un conjunto de esculturas que han nacido acompañadas de palabras contra el olvido y se exponen interactuando con ellas. El título de la muestra es un verso de Antonio Gamoneda que evoca su niñez en León y rememora una estampa que le impresionaba hondamente: las cuerdas de prisioneros a las que se acercaban mujeres; una de ellas les daba naranjas pero nunca eran suficientes porque siempre había más presos que fruta.
Dice Guijarro que en el arte y en la vida hay que “intentarlo y fracasar cada vez mejor”. Habría que interpretar, por tanto, que el oasis de belleza plástica del Barjola es otro intento fallido. Sea como fuere, del encuentro de incertidumbres -las de hoy con las del pasado- qué oportunidad para regresar más sabios al presente.
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