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Fernando Canellada

Un cura sin cura

San Fernando propició la última conversación. La voz de Fernando Fueyo al teléfono reflejaba el optimismo de siempre y sus desbordantes iniciativas.

Gijón despidió el día de San Juan, quemado de sembrar buenas noticias, a uno de los grandes de su tiempo, como han descrito con afecto distinguidos amigos del sportinguismo, la política y la iglesia.

Sean estas líneas de gratitud al cura de rostro noble, ancho de espaldas y mirada cariñosa, que nos honró con su amistad. Utilizo aquí sus palabras, el retrato que él mismo dibujó con su mano, en una página completa, como acostumbraba con su sobredosis de entusiasmo, a modo de dedicatoria, y que rubricó en el ejemplar que llegó a Canarias de “No te olvides del Burundi”.

Pese a los años compartidos en su Gijón del alma, fueron los últimos tiempos de “retorno” a Burundi de Fueyo, y del 50.º aniversario de aquella histórica misión diocesana, los que afianzaron la confianza y nos han permitido conocer, como el escribía: “Sin duda, los años más felices de mi vida”. Padecía la incurable enfermedad de África. Una patología que daba fuerzas y aliento para reconstruir, si era preciso, cinco veces la misma iglesia destrozada por luchas tribales.

Siempre dispuesto a escuchar y ayudar, genial y ocurrente, siempre quiso estar comprometido “en la solidaridad y servicio a los más necesitados del tercer mundo”. Fernando Fueyo sufría al observar como languidece el espíritu misionero y se proponía con sus historias burundesas “sembrar inquietud entre los jóvenes”. Un relato escrito tal como era el cura de El Coto, “estilo sencillo, de andar por casa, y de manera familiar dar cuenta de nuestra vida y milagros”.

Con su apasionamiento crónico, de corazón fuerte y diáfano, se despedía lanzando al aire su “grito pacífico de guerra”: “Gijón capital, Oviedo sucursal. El forofismo no decae porque este cura no tiene cura”. Así nos deja su bondad, la mejor huella que se puede dejar al pasar de esta vida.

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