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Ángel Cabranes

En Burundi, en El Coto y en Mareo

Tengo el orgullo de saber que fui una de las muchas personas a las que Fernando Fueyo quería. Lo intuía, pero lo supe con certeza cuando el 7 de junio recibí el mensaje que nunca hubiera querido leer. Fernando se despedía. Lo hizo con su círculo más cercano. Le llamé. A él, de voz tan enérgica, vital, ya le salían las palabras justas. Estuvimos juntos dos tardes, en el salón de Guadalupe, quien, junto a su familia, le ha cuidado como el padre que fue Fueyo para tanta gente. Sobre su mesa, siempre, LA NUEVA ESPAÑA. “Vamos a remontar, Fernando. Como diría el Pitu, hay que ir siempre a cañón”, le decía. Se reía mientras me preguntaba por posibles fichajes. Hablarle en clave sportinguista le tocaba la fibra. Mucho le deben el Sporting y Gijón a este cura. Espero que, de alguna manera, se lo devuelvan.

Soy de los muchos a los que confesó, siendo muy niño, en la capilla del colegio de las Dominicas. Varios años después coincidimos en Mareo, él como capellán y yo ejerciendo labores periodísticas. Fue el cura que me casó y el que bautizó a mis dos hijos. Así, entregado a ayudarnos a todos, construyó una familia y hasta un barrio, el de El Coto, que el viernes despidió a quien mejor entendió el ejercicio de su labor en cada lugar y momento. En Burundi y en San Nicolás. Fernando, te vamos a echar mucho de menos y, por supuesto, no te olvidaremos. Te lo juro por Quini.

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