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Maribel Lugilde

Aborto, año cero

Decisión del Tribunal Supremo americano y tentación de administrar la moral de los demás

La historia que me dispongo a contarles tiene unos años. De hecho, el niño fruto de aquel embarazo imprevisto estará ahora en la treintena. Pero la decisión del Tribunal Supremo de EEUU en relación al aborto ha traído la vivencia a mi memoria, con regusto a atmósfera de los postreros ochenta en España, aquella dialéctica entre deseo y miedo a la modernidad. Me la contó una amiga, con cadencia episódica, desde el estallido de la crisis al desenlace. Me impresionó hondamente y quisiera hoy compartirla junto con su mensaje implícito.

Recién estrenados los noventa, una joven de familia acomodada y conservadora se queda embarazada en plena etapa estudiantil. Cuando lo comunica en casa, el cataclismo es mayúsculo. El aborto era posible. La ley lo permitía entonces sólo en tres supuestos, pero el del riesgo para la salud física o mental de la madre era el asidero de mujeres y clínicas para dar cobertura a la mayoría de las interrupciones. También estaba, claro, el viaje relámpago a Londres. No obstante, nuestra protagonista decide seguir adelante con el embarazo.

Lo que iba a ser un disgusto familiar seguido de la aceptación de lo que estaba en camino, se convirtió en un hachazo traumático que partió la familia en dos. El padre, que consideraba el aborto una aberración, encontraba aún más abominable la mancha en el honor familiar perpetrada por su hija, así que planteó como única salida que la joven abortara en Londres y viajara desde allí a la India para ingresar en las Misioneras de la Caridad de Teresa de Calcuta. Con ella expiaría sus pecados el resto de sus días. Para el mundo sería el despertar de una vocación religiosa. En la intrahistoria familiar quedaría el oprobio. Impresionante.

Nadie consiguió sacar al patriarca de semejante delirio de instigación a lo que él consideraba pecado y posterior expiación. La hija hubo de irse a vivir con una hermana emancipada que la apoyó en embarazo y crianza.

Hay un arcaico concepto del honor en esta historia que, afortunadamente, nos resulta hoy ajeno. Pero no la convicción de algunas personas de encontrarse moralmente por encima del resto hasta el punto de determinar su destino, impidiéndoles decidir, sinónimo de decidir por ellos.

Ha vuelto a mí la figura de este padre destructor de la felicidad familiar por un incomprensible bien mayor, al pensar en los seis magistrados conservadores americanos que, pretextando la ortodoxia de la norma, dejarán conscientemente que su país retroceda al año cero del derecho a la interrupción voluntaria del embarazo para la mitad de su población.

La motivación, tan antigua como el hombre, es administrar la moral de los demás. También las excepciones. Para sí mismos y de puertas adentro.

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