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Maribel Lugilde

Tini y Joan

Militancias de alcaldes tozudos y cantautores eternos

Mi infancia es la del Gijón de playa urbana única. Hasta San Lorenzo podías ir desde tu barrio a pie o en bus, equipada para el baño de sol y mar, pero, en la travesía, ibas viendo cruzarse la nube y llegabas a la Escalerona orbayando. O no, el día incomprensiblemente aguantaba pero la marea alta dejaba tan a mínimos el arenal que la lucha era la conquista del metro cuadrado para desplegar la toalla. Y luego, mapa mental de referencias para volver a ella desde la orilla, mojada y desorientada.

Para cuando Tini Areces, como alcalde de Gijón, planteó la recuperación litoral oeste de la ciudad, yo ya era periodista. Me tocó escuchar y comunicar su visión de las futuras playas de Poniente y Arbeyal, junto con el barrio de Moreda. Lo que desde Cuatro Caminos hasta el muelle era una sucesión de astilleros, talleres, antigua ciudadela, Hogar de San José, Revillagigedo, matadero y desguace, con sus pérgolas siniestras, iba a abrir espacios de costa, no para que la ciudadanía la rehuyera, como hasta entonces, sino para disfrutarla pisando la orilla de la mar. Costaba creerlo, pero fue.

Recuerdo una visita in situ con Areces y comitiva, embarrados todos tras sus andares tercos, enérgicos a pesar de sus kilos extra de amante irredento de los pinchos de tortilla. Tini explicaba su visión espacial de lo que sería el nuevo entorno y los demás tratábamos de seguirle en una superposición mental imposible. La resistencia para la historia de los trabajadores de Naval Gijón, entonces en etapas críticas, volvía aún más irreal el planteamiento. Pero las playas emergieron.

Desde el pasado sábado, en la de Poniente, un monolito recuerda al alcalde tozudo y pone su nombre al paseo. Bien. Es buena ciudad, la agradecida. Hubiera asistido al acto si no hubiera estado en Coruña, con la deliciosa resaca del concierto inolvidable de Joan Manuel Serrat. El cantautor eterno, en su gira de despedida, hizo dos bolos en mi tierra natal. Un espectáculo cuidadísimo, entre la nostalgia y la esperanza obstinada, para un Joan en forma de voz y presencia escénica, haciendo justicia a sus referentes, cantando hasta a su propia madre y haciendo un emocionante dúo con una jovencísima violinista. Memorable.

Me pregunto cómo es posible que esta gira histórica no haya recalado en Gijón. El Serrat que hemos disfrutado desde los tiempos del entoldado en la Plaza Mayor no recala aquí para su adiós. Incomprensible. Ignoro si hubo gestión y no prosperó pero, si cabe aún, es obligado intentarlo. En asociación de personajes y militancias, imagino a Tini empecinado y a los de Joan haciendo hueco en el calendario por no aguantar la matraca. Y me sonrío.

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