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La Nueva España

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María Domínguez

España se quema

Los incendios, cambio climático y la actitud del presidente Sánchez

Lo único bueno que nos traen estas olas de calor es la esperanza de que se terminen de cocer aquellas personas a las que le falta un hervor. El ejemplo más claro lo encontramos en la figura de nuestro señor Presidente, quien constantemente proclama que “el cambio climático mata”. Pero vamos a ver. ¿Con qué autoridad moral se dirige a nosotros cuando usted es incapaz de predicar con el ejemplo? Resulta que se va a la localidad cacereña de Casas de Miravete (afectada por el incendio de Monfragüe) para hacerse la típica foto y monta todo un despliegue de medios de transporte. De Madrid a Extremadura coge un helicóptero Super Puma, mientras su coche oficial hace el mismo trayecto vacío para que pueda moverse por la zona. En Badajoz le espera el Falcon, que también había ido vacío hasta el aeropuerto pacense y ya, con usted a bordo, aterriza en la base aérea de Torrejón donde el Super Puma (que había regresado vacío a Madrid) le esperaba para trasladarlo a La Moncloa. Por si fuera poco, su Audi A8 también regresó vacío a la capital. Eso de que es todo por razones de seguridad ya no cuela.

En España se queman los montes, los animales, las casas y las personas, aunque estas últimas ya llevamos quemadas desde que usted se asignó la Presidencia en un despacho que no escatima en aire acondicionado mientras que, desde su sillón, nos pide prudencia y austeridad para paliar los efectos de su devastadora política. ¡Qué guapu! ¿Eh? Por si no lo sabe, así hablamos los asturianos, que parece que solo conoce el vasco y el catalán.

Como muchas otras provincias, hoy llora Zamora, la eterna olvidada, esa tierra que me vio crecer entre trigales, encinas, chopos y bodegas. Lloran sus gentes rogando al Cielo agua y justicia. Llorando ven cómo sus políticos pisan sus tierras para hacerse la maldita foto mientras que el resto del año pisan sus cabezas ahogándolos con subidas de gasoil, electricidad, cuota de autónomos, pagándoles el trigo al mismo precio que hace décadas y la leche bajo pérdidas. ¡Alto al fuego!- grita Zamora. Teñida de rojo llora en silencio mi pobre tierra desolada. Labriegos y pastores, entre vientos y solana, se despiden de sus montes abrasados por las llamas.

Señor Sánchez, le invito a pasar un invierno en tierras castellanas. No se preocupe que va con los gastos pagados. Mis suegros tienen las puertas de su casa abiertas para aquel que quiera entrar. Vivirá humildemente. No llevará escolta, pero tranquilo que estará igualmente seguro, pues en caso de peligro oirá repicar con fuerza las campanas de la Iglesia. Las heladas son muy fuertes, así que tendrá que echar al brasero toda su burocracia como combustible si no ha ido antes al monte a cortar leña. Mi suegro vive de una pequeña pensión que le ha quedado tras estar trabajando como agricultor toda su vida. Verá sus manos llagadas, su piel arrugada y el desgaste de sus huesos, aún así será el primero que se levante a ponerle un vaso de vino. Nada tienen pero todo lo dan. Junto a ellos y sus paisanos, entre partida y partida de cartas, aprenderá valores que usted desconoce. Las tierras que hoy arden, a su paso desprenden, como siempre lo han hecho, la esperanza de un pueblo unido. Tome nota usted y sus socios. Por cierto, los campesinos también pueden sacarle magníficas fotos para el recuerdo.

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