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Javier Granda

Obituario

Javier Granda

Cándido Viñas: retrato de un hombre bueno

En el adiós al histórico párroco de Tremañes

Pienso en Cándido, el finado párroco de Tremañes, y veo al hombre bueno del que hablaba el poeta. La historia de Cándido Viñas es la de un hombre inquieto, tenaz y comprometido, que de muy joven sintió la llamada de la fe en su pueblo natal de Villagarcía de Campos, localidad vallisoletana en la que la Compañía de Jesús tenía un importante noviciado. En la Compañía, encontró respuesta a sus inquietudes espirituales y un cauce para dar salida a su vocación de servicio a los demás.

Como parte de su formación, entre 1962 y 1964, impartió docencia en la Universidad Laboral, donde entró en contacto con el mundo de los jóvenes y del trabajo, experiencia que le llevó a orientar su futuro ministerio a lo que posteriormente se denominó la pastoral obrera, en la línea renovadora de la Iglesia marcada por el Concilio Vaticano II. Así, el vehemente y comprometido vallisoletano, se entregó a la defensa de los trabajadores explotados y marginados socialmente. No buscó Cándido evangelizar a los obreros, sino compartir sus fatigas y sufrimientos, hacerse partícipe de sus anhelos e inquietudes, ser uno más entre ellos. En un taller de Duro Felguera, de basurero en Limpiezas El Sol o en el Dique de Duro Felguera (donde tuvo que esconder su condición de sacerdote para poder trabajar y donde un accidente laboral limitó sus condiciones físicas para el resto de su vida) fue donde Cándido selló su compromiso espiritual y social, y donde se convirtió en uno de los primeros curas obreros de España.

En 1973, al tiempo que impartía clases en la Universidad Laboral, su activismo y compromiso con los más desfavorecidos le llevó a colaborar con la parroquia de Tremañes, cuya dirección espiritual llevaba el recordado sacerdote José María Bardales. Conviene recordar que, por aquel entonces, Tremañes era un espacio marginado y olvidado por el poder municipal, determinado por la promiscuidad de usos (urbanos, industriales y los propios de una parroquia rural) y por amplios asentamientos de infravivienda, que no hacían sino reforzar su oprobiosa marginalidad. Cándido optó por avecindarse en Tremañes y hacer causa común con sus vecinos, convirtiéndose en altavoz de sus justas reivindicaciones y en adalid en la erradicación de la marginalidad y el chabolismo.

Cándido Viñas fue esencialmente un hombre bueno y sencillo. Siempre le recordaré, con su media sonrisa y sus ojillos tintineantes como estrellas en la noche de verano, haciendo parroquia con su particular forma de entender el Evangelio y su compromiso con los demás: dejando la puerta abierta de su casa para todos aquellos que le necesitaban, jugando la partida con sus convecinos mientras se dirimían futuras mejoras para el barrio o tomando un café o un vino para dar consuelo al desconsolado. Cándido, el padre bueno, se fue tal y como vivió, en paz y con la discreción de quien nació para servir a los demás. La parroquia de Tremañes y quienes le tratamos y quisimos lloramos su pérdida, aunque siempre nos quedará el consuelo de su recuerdo.

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