Dos recientes anuncios han vuelto a poner sobre la mesa el papel determinante que desempeña la Universidad para Gijón como agente económico y social a través de su doble faceta: la docente y la investigadora. Hace unas semanas, el rector, Ignacio Villaverde, desveló que la institución aparcaba sin fecha su proyecto para construir una residencia en el campus debido al brutal encarecimiento del precio de los materiales. Y el miércoles, el máximo dirigente académico firmó un convenio con la alcaldesa, Ana González, para ceder una finca que favorezca la transformación del entorno de La Pecuaria en un nuevo parque científico y tecnológico, de acuerdo a un plan hecho público hace más de un año, a cambio de que el Ayuntamiento se haga cargo de mejoras en las infraestructuras que rodean los centros universitarios. Son dos proyectos absolutamente necesarios para la ciudad por la capacidad que tendrán para generar un nuevo tejido productivo basado en la innovación y el empleo altamente cualificado, el único futuro posible para garantizar un mínimo dinamismo a escala local y regional y frenar el éxodo de jóvenes trabajadores, más aun en el actual contexto de peso decreciente del sector industrial.

El plan para crear un parque científico y tecnológico en La Pecuaria, que se encuentra en fase germinal y que aún puede sufrir cambios antes del inicio de su desarrollo, es una de las mayores apuestas por el progreso de Gijón para los próximos años. No se trata de una mera ampliación del actual espacio dedicado a la I+D+i entre el Hospital de Cabueñes y la Laboral, ejemplo de éxito desde principios de este siglo a nivel nacional. Consiste, más bien, en generar un nuevo modelo poco habitual en España y con elementos importados de la cultura anglosajona, una especie de pequeña ciudad donde los edificios destinados a los profesionales de la investigación convivan con otros dedicados al ocio y la restauración, abiertos a todo tipo de públicos. No es muy difícil adivinar que en este ecosistema, la Universidad de Oviedo debe gozar de un indiscutible protagonismo, que va mucho más allá de la cesión de fincas de su propiedad.

Porque nada de este proyecto tendrá sentido sin la estrecha colaboración de la institución académica, que debería ver en él una oportunidad de oro para fortalecer sus sinergias con el sector privado y un estímulo para adaptar paulatinamente los contenidos de sus titulaciones a las exigencias del mercado laboral. Dos aspectos de los que siempre ha hecho gala el campus de Gijón (puesto como ejemplo de producción investigadora y promoción laboral una y otra vez dentro y fuera de Asturias), pero que se han resentido en los últimos años por diferentes factores, entre ellos, el parón que supuso la pandemia. La Universidad está obligada a renovarse para seguir siendo un pilar de la economía local. Siempre en primera fila, nunca esperando que otros tiren de ella y de su pesada burocracia.