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En memoria de Sandra

Una mujer que luchó cada día por hacer más llevadera la vida de los demás

Hace días hablábamos en tu lecho de dolor apaciguado, de los comienzos de tu vida, de tus primeros años no olvidados ni por tu mente siempre alerta ni por la mía, ya un tanto borrosa. Me insististe para que te contara la anécdota de cuando con apenas 15 días te llevé en el tren aquel de vía angosta que nos dejó en Chacarita, barrio icónico de tu Buenos Aires natal en el que encontrar una peluquería que despejara tu cara de la tremenda pelambre que apenas te dejaba ver. En el tren, una compañera de asiento me desmentía diciendo que como poco tendrías tres meses y no los pocos días que realmente llevabas en este mundo.

Me preguntabas también si recordaba el nombre de aquellos mellizos pelirrojos compañeros tuyos en la Escuela nacional José María Torres ubicada en Corrientes conocida como la calle que nunca duerme. Sí, te dije, Sofovich era su apellido porque judíos eran la mayoría de los alumnos; uno de ellos decía que quería ser tu novio. ¡Ah! y, ¿recuerdas papá el día que me llevaste a los Estudios de Canal 13 vestida de asturiana para participar en el programa en el que Víctor Manuel iba a debutar en Argentina? Si, Sandra, lo recuerdo porque al día siguiente llevé al de el Abuelo Víctor, al Centro Asturiano.

Poco después de aquel "debut" televisivo se produciría el regreso a España; los primeros pasos por Gijón y las clases de adaptación en el Colegio San Miguel de Pumarín. Por motivos laborales debimos emigrar a Elche y allí harías un brillante bachiller en el colegio El Palmeral. Tu formación universitaria se produjo en Madrid donde cambiaste el periodismo por la filología. No puedo precisar el motivo, aunque lo supongo, llegaste a que fueran casi rutinarios los desayunos con el gran Rafael Alberti que, en ocasiones, tuve el privilegio de compartir.

¿Recuerdas cuando te visitamos en Long Island muy cerca de Manhattan y nuestra escapada a Washington con parada para visita familiar en Baltimore? Tu francés de instituto no se borró y, sin embargo, regresaste con un inglés muy fluido que me consta conservas. Estaba evocando, hija, estos pasajes de tus años jóvenes y me soltaste la mano; "tápame, papá, que tengo mucho, mucho frío". El efecto de los potentes analgésicos no duró demasiado y siguieron las confesiones centradas en la última "remesa" de freixuelos que te llevé y aquel carnoso y enorme tomate de mi huerto. "¡Ay papá!", exclamaste, "ese lo escondí zorramente para que no lo encontraran; nunca comí otro tan rico", dijiste.

La cera de la vela de la vida se iba paso a paso consumiendo y, de tu cuerpo apenas quedaban tus ideas, aún claras y tu voz serena, clara, firme; convincente. No hace ni dos semanas, nos reuniste a todos tus seres más cercanos en torno a una comida que más que olores o sabores emanaba rumor de despedida. Hablaste con cada uno en un aparte cálido y lleno de ternura. Nos aconsejaste fuerza y mucho ánimo en momentos tan duros. Pensé si estaba viviendo una realidad o si el mundo se había vuelto del revés.

No duden los que me lean: pierdo a una hija pero sus alumnos se quedan sin una gran profesora, sus hijos Samuel y Néstor, sin una madre que les inculcó y les llevó por el camino de la bondad, la inquietud y la curiosidad ante un mundo que nos inquieta y conmueve cada día; su marido Leopoldo sin una compañera siempre dispuesta a compartir una vida con implicación en temas sociales y culturales; sus muchos amigos y compañeros de instituto, sin una persona dispuesta a ayudar aún en las situaciones más complicadas.

No es pasión de padre, que también, pero, no dudo que la sociedad en el ámbito que la rodeaba queda de algún modo huérfana de un ser valioso, todo pasión y capacidad de organización, convencida militante republicana e involucrada en causas como las del Sahara o Palestina. Una activista que luchaba cada día por hacer más llevadera la vida a los demás.

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