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Maribel Lugilde

Dieciocho gramos viajeros

Tras las gaviotas depredadoras de cachopos, el menguante regreso de las golondrinas

En un alero de mi edificio han anidado este verano unas golondrinas. He intentado captar alguna de sus idas y venidas, pero han sabido zafarse de mi vigilancia. El único rastro son sus excrementos y alguna pluma que discretamente se ha colado, a modo de presente, en mi casa. Calculo que han completado su ciclo de cría y las imagino ya de viaje hacia el continente africano, donde pasarán el invierno. Ellas también han sido nuestras turistas. Aunque éste, a diferencia del humano, es un turismo menguante.

Así lo viene alertando la oenegé Seo BirdLife: también las golondrinas sufren nuestra incontinencia contaminante en su hábitat y ven alterado su ciclo vital. No están todavía catalogadas como especie en peligro de extinción, pero las vamos empujando adecuadamente hacia el listado oficial. Una de nuestras "ayuditas" es considerar un incordio sus nidos, ese original esfuerzo constructivo levantado en un ir y venir de entre dos y tres semanas, a base de cientos de "bocados de barro".

La Guardia Civil recordó hace unos días que los nidos de golondrina, vencejo y avión común están protegidos por la Ley de Patrimonio Natural. Es oportuno decirlo ahora porque hay quien espera a que el nido esté vacío para destruirlo. Supone igualmente un descalabro porque las golondrinas, en un alarde de capacidad natural de orientación, regresarán a los hogares de cría que dejaron hechos. Mis golondrinas, por tanto, volverán.

Pero también hay bárbaros que destruyen nidos aún habitados. Yo fui testigo de ello hace años, en un pueblo de la costa de Granada, una noche de verano. Un hombre en un balcón con un palo de escoba, un único golpe y tres polluelos estampados en el asfalto. La historia es larga, a ratos surrealista y con episodios desopilantes, pero les resumo que, después de la denuncia al Seprona, la declaración en el proceso de instrucción y una comparecencia telemática, en plena pandemia, como testigo en el juicio, la jueza condenó al desalmado a una multa notable.

He vuelto a aquel rincón de Andalucía, donde el ayuntamiento, por cierto, promociona el avistamiento de aves, y he observado, feliz, que en el mismo alero de entonces hay un nuevo hogar de bocados de barro. He imaginado el trajín de la crianza, excrementos a discreción y plumas sutiles cayendo al interior del hombre de corazón de piedra. Y me he regocijado. Quién nos iba a decir, unidos ahora en la contemplación respetuosa ante la llegada al mundo de esos seres mínimos.

Lo sé, este verano han sido noticia las gaviotas depredadoras de cachopos. Pero aquí tienen otra desapercibida: el paulatino abandono de las golondrinas. Esos dieciocho gramos viajeros, que desean, pese a todo, volver.

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