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Sariego

Nuevas epístolas a "Bilbo"

José Manuel Sariego

Mendicación

Las escenas que surgen ante mis ojos que no me agradan

Tú no te enteras de la vaina por mucho que te asomes al balcón, y yo suelo mirar para otro lado o silbar al viento o a la luna cuando determinadas escenas que surgen ante los mismísimos ojos no me agradan. Mas lo que ahora te cuento no es cuento chino, ni de la buena pipa, ni de María Sargento, aunque ya es cuento largo y trazas lleva de parecerse al de nunca acabar. No es ficción de juntaletras aburrido, ni invención o pasatiempo de jubilado ocioso. Lo que ahora te cuento sucede cada dos por tres, y en distintas latitudes, aunque prefiramos ignorarlo.

Anclado como guardia estático en la garita, cual pasmarote a las puertas del "DIA" de nuestra calle, lo observo desde la terracina del piso donde vivimos. Viste pantalón corto ocre y camisola negra con el número cuatro en blanco a la espalda, como si portara la equipación de un futbolista, de Cesc Fábregas o Sergio Ramos, por poner ejemplos de atletas famosos. No juega. Mendiga. Calza sandalias. Es alto y calvo y delgado. Cumple el horario a rajatabla. No trabaja. Mendiga. No extiende la mano. Mendiga. No pide por esa boca, a veces un pitillo. Mendiga. Rara vez se sienta. Mendiga. Junto a la fachada del centro comercial, una bolsa de deporte grande de la que no se despega. Mendiga. Se coge un descanso a la hora de comer en la Cocina Económica, muy cerca. Lo sigo por curiosidad. Comido, se dirige a los Jardines de Antonio Medio. Se tumba un rato en un banco con restos de cagadas de paloma o de gaviota. No duerme. Mendiga. A la media hora escasa, se levanta para volver al puesto. No vigila. Mendiga. Con la bolsa colgada de los hombros, altera el trayecto de vuelta para meterse en un descampado de matorrales, una parcela abandonada que linda con los jardines. Se cuela por una abertura de la alambrada. Creí que se disponía a sacar la pirula para mear entre la maleza, pero no. Mear meó después contra los contenedores de la calle del "DIA". Levanta una loseta y saca una botellina de plástico enterrada, al fresco. Contiene un líquido oscuro, como de vino o de cola o de coñac. No bebe. Mendiga. Se aposta de nuevo a las puertas del "DIA" hasta casi agotar la jornada completa del supermercado. Enciende un cigarro. No fuma. Mendiga. Media hora antes de que el súper baje la persiana de la entrada principal (exactamente a las veinte horas y treinta minutos), se va con la bolsa deportiva grande a la espalda. No se dirige al gimnasio más próximo. Mendiga. No me preguntes a dónde va, "Bilbo". No somos mendicantes.

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