Suscríbete

La Nueva España

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Raúl Suevos

... Pero no tienen pudridero

Sobre el fallecimiento de Isabel II

Confieso mi sorpresa y desconcierto. No logro entender la avalancha de grandes comunicadores desplazados a Londres, más que los que acudieron a las faldas del volcán de La Palma, que fueron muchos, y sólo encuentro justificación en el viejo aserto de McLuhan de que "el medio es el mensaje". Quizás esté ahí la explicación, en mostrarnos la importancia del propio medio con ocasión de lo que ellos creen una gran oportunidad informativa, la muerte de la monarca inglesa tras 70 años de reinado; un gran récord indudablemente.

Más allá de la importancia informativa, me choca el ver y escuchar a todo quisque que se considere a sí mismo con cierto nivel social lanzándose a una competición por ver quien tiene más elogios y alabanzas en la recamara para lanzarlos vía micrófono, Twitter o Telegram, todo vale con tal de no quedarse cortos. Y a mí, tras el desconcierto, en el caso nacional, hasta me cabrea.

Que el Rey acuda a la embajada a firmar en el libro de condolencias pues como que va de suyo; es un gesto institucional obligado, pero más allá de eso compruebo que a algunos parece habérseles ido la olla en la gesticulación porque, explíquenme a mí que hacen Andalucía y Madrid decretando días de luto por el fallecimiento. Quizás han leído que Fidel Castro decretó tres días de luto por el deceso de Franco, no lo sé. Pero me inquieta.

Lo de la fraternidad con Marruecos es un dicho perenne en la boca de nuestros políticos pero todo los españoles sabemos que no, que eso de ahí abajo es otra cosa; y lo mismo pasa con los hijos de su majestad británica, que son los que con más ahínco trataron de joder a España desde tiempo inmemorial. Los mismos que una vez tras otra, saltándose las resoluciones de la ONU, dan largas con la devolución de Gibraltar, y no pierden oportunidad de enviar a sus vástagos en viaje de novios, o lo que cuadre, con el simple objetivo de recordarnos que ahí siguen. Todos hijos o nietos de la recién fallecida.

Ahora toca el funeral, que empieza creo en Edimburgo para tocar la fibra de los escoceses y apaciguar las ansias del viejo reino, al que acudirán jefes de gobierno de todo el mundo, porque, al fin y al cabo, servirá para reforzar la imagen institucional de todos ellos a través del boato y la solemnidad que los ingleses saben dar a estos eventos.

También ira nuestro Rey, perteneciente a una dinastía borbónica mucho más populista, a veces populachera, que los renombrados Gotta-Coburgo, pero cabeza de un viejo reino donde nació el parlamentarismo en el lejano siglo XII; tan viejo que, aunque casi siempre se nos mueran fuera de casa, antes de nada los enviamos al pudridero.

Compartir el artículo

stats