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Sariego

Nuevas epístolas a «Bilbo»

José Manuel Sariego

Álbum de daguerrohaikus (3)

El álbum

El álbum

Imágenes que empantanan las vidas. Estante muerto.

El fisgón viejales descubre, «Bilbo», que en el álbum fotográfico familiar casi todos los personajes andan muertos. Y los paisajes, en blanco y negro generalmente. El fisgón viejales se empecina en negar que una foto valga más que las palabras. Y escribe, poeta a cachos, inasequible al desaliento, con la convicción de que solo el verbo es capaz de hacerse carne trémula.

Chus Rojo

Discreto, oculto casi. En un silencio que te bañaba.

Siempre presente, aunque te gustara aparentar ausencia. Atento a los asuntos de la organización, aunque simularas despreocupación. Comprometido, aunque lo ocultaras bajo una capa de inteligente escepticismo, de saludable distanciamiento. Destilabas auténtica socarronería playa y por debajo de tus hurañas reacciones latía una peculiar ternura. No exagero un ápice si digo que eras el alma de nuestra agrupación. Controlabas los censos para desgracia de los descuidados; cuidabas de nuestros caudales mejor que si fueran tuyos; pagabas a los proveedores con tal prontitud que contentabas a aquellos y desesperabas a los tesoreros; conocías al dedillo a interventores y apoderados y las mesas electorales asignadas. En la próxima asamblea nadie encontrará pega alguna a nuestra contabilidad porque te encargaste de dejarla lista antes de morirte.

Algunos conocíamos tus dolencias, pero a todos nos sorprendió tan brusco y drástico desenlace. También formaba parte de tu carácter la adopción de decisiones tajantes.

Eras el habitante más especial, más singular, más entrañable de la Casa del Pueblo, tu principal residencia. A partir de ahora, nada será allí lo mismo. Echaremos de menos tu figura imponente y cachazuda, tu paquete de Habanos, tu transistor en la mesa, tu humor, tu mal humor, tu consejo sabio, tu disposición permanente, tu trabajo tenaz.

En nuestra Casa del Pueblo habrá un espacio reservado para ti. Única y exclusivamente tuyo, porque te gustaba acotar tu territorio meticulosamente frente a alteraciones o injerencias externas. De igual modo, cada uno de nosotros reservará en la respectiva memoria un espacio donde quepa tu grandeza.

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