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Sariego

Nuevas epístolas a "Bilbo"

José Manuel Sariego

Álbum de daguerrohaikus (7)

Lo cierto, "Bilbo", es que tanto en un álbum de fotos como en un poemario pueden perpetuarse clubes enteros de poetas muertos o sagas familiares periclitadas.

El actor favorito

Un cinturón agarrota gargantas de mil poetas.

Recostado en un cúmulo del cielo, Robin Williams se parte de la risa. En Gijón, esa tarde chispea. En la plaza innominada que está debajo de mi casa, sobre un aparcamiento subterráneo, un grupo de ecuatorianos mayores y pequeños ensaya pasos de baile a los sones de su tierra que emergen a todo volumen de un aparato reproductor de música pasado de moda, posado en un banco: la coreografía inocente de la pobreza, el ballet de la penuria regocijada. Casualidad: Niña Pastori me sale por cumbias y chacareras en Spotify. En Gijón, esa tarde chispea. Recostado en una alfombra de nubes típicas del verano, que tienen apariencia de montañas nevadas con bordes brillantes, Robin Williams se descojona a mandíbula batiente. Lo del cinto anudado a su cuello constituye un aditamento macabro que no compagina con la nube blanca y ligera en forma de barbas de pluma o filamentos de lana cardada que se presenta en las regiones superiores de la atmósfera. Eso del cinto anudado a su cuello no añade concordancia a las carcajadas celestes que tronchan las ternillas de los poetas muertos.

La tía Mercedes

Niña mimada muñeca en Alemania, guapa emigrante.

La tía Mercedes pronunciaba cada dos por tres, viniera o no al caso, "tanquesé", "tanquesé", "tanquesé". Lo repetía continuamente para embobarnos. La tía Mercedes era una quejica: por la mañana, jaqueca; a las tardes, dolores de estómago; y decía que no podía con las piernas por la noche. Cualquier quejumbre le valía para andar recostada, tumbada a la bartola, y no hacer nada:

La abuela Esperanza le tenía una especial predilección. Y mamá, la mula de carga siempre. No se entendía cómo podría apañárselas en Alemania con tanta postración y tanto abatimiento, aunque se rumoreaba que un medio novio extranjero la traía en palmitas, le contemplaba todos los caprichos, como la abuela Esperanza. Una pena la descompostura permanente de la tía Mercedes, porque cuando estallaba en risas se volvía guapa de verdad, irresistible: ojos como platos soperos, como lunas enteras, como los de una bebetona sorprendida o espantada, como los de un maniquí con rictus de asombro; ojos de oveja lucera, de vaca que ríe, de lechuza sabionda, de pez a secas. Esos ojos y un inevitable fular de color crema sin estampados que se deslizaba por la llamativa canal de sus pechos. Eso: un dispendio de mujer.

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