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Sariego

Nuevas epístolas a "Bilbo"

José Manuel Sariego

Álbum de daguerrohaikus (8)

Dime si sabes, "Bilbo", cómo se plasma en un daguerrotipo o en una fotografía digital la voz icónica del míster o el sabor del guirlache que cocinaba la madre. No habrá manera, tenlo por seguro.

Preciado

Restalla tu voz,

muerta, sobre los cánticos

de la afición.

El Chopo entró en la iglesia de los franciscanos de Santander al poco de iniciarse el oficio religioso. Se colocó a mi lado, nos miramos un instante y ambos esbozamos un tímido ademán de salutación: él enarcó las cejas, yo estiré los labios. Encontrado el hueco en aquel templo abarrotado, reculamos un paso hasta pegar nuestras espaldas a la pared. Sigue moviéndose con el sigilo de un felino y la discreción de un vasco de aspecto seriote.

El capellán Fueyo trataba de hilar recuerdos de Manolo Preciado sin que apenas pudiéramos escuchar nada. El Chopo, recostado levemente en la pared, se mostraba imperturbable, atento, como presto a saltar en cuanto la pelota rondase su área. La ceremonia religiosa avanzaba por los derroteros consabidos sin que los acordes del "háblame del mar, marinero" alteraran lo más mínimo la posición y la disposición de El Chopo. Tampoco la irrupción apoteósica de la salve marinera descompuso uno solo de sus músculos. No imagino qué podía pasar por la cabeza de Iribar. En la mía retumbaba y retumbaba la voz aguardentosa de Preciado. Solo eso: una voz áspera cargada de sinceridad, una voz bronca repleta de ternura, una voz desabrida impregnada de afabilidad. El hecho relevante es que Iribar estaba allí, junto a la voz indestructible de Preciado, y que cuando me tendió la mano de la paz comprobé que esa era la auténtica mano de Dios y no la engañosa de Maradona.

Casi en la mismísima fachada principal de la iglesia de los franciscanos de Santander sobresale el rótulo de una tienda con el nombre de La Mecedora. Quizá resulte demasiado facilón y cursi concluir que las divinas manos de Iribar mecerán la nueva y definitiva cuna de Preciado.

El guirlache

Guirla, guirlache,

mamá cruje el aceite

hirviendo en llanto.

La madre amalgamaba a fuego lento en la sartén una mezcla de granos de cacahuete (la almendra escaseaba) y azúcar blanca, que derivará en una pasta dura, dulce, crujiente que merendábamos como auténtico guirlache en la tarde del lunes de Pascua Florida, siguiente al Domingo de Resurrección que sucede al Domingo de Ramos –si no estrenas algo se te caen las manos–, junto a los remansos del arroyo que bordeaba el torreón del destartalado monasterio de San Román de Entrepeñas.

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