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Jaime Torner

Prolongar sin límite la vida es utópico

Hace un mes, LA NUEVA ESPAÑA publicó un interesante artículo sobre los avances en biología celular respecto la muerte de células tumorales basado en el "estrés oxidativo", como medio para lograr mayor eficacia en los tratamientos oncológicos. Inversamente, también citaba a la melatonina como hormona antioxidante capaz de mantener la salud celular y evitar la "muerte celular programada", propia del envejecimiento humano. Enlazando esta línea de investigación con el estudio del profesor López Otín (Universidad de Oviedo) sobre la "inmortalidad de las medusas", surge un triple dilema (ético, sociológico y económico); independientemente del previsible beneficio médico generado. Me explico:

En primer lugar, ética y moralmente, pretender la inmortalidad humana es tan aberrante y "contra natura" como fomentar una eutanasia o un aborto indiscriminado. Además, si se tratara de prolongar la vida humana, procedería preguntarse: ¿De forma generalizada o selectivamente personalizada?

En segundo lugar, sociológicamente, un proyecto generalizado de este tipo implicaría una crisis demográfica de apocalípticas proporciones porque habría un "overbooking" en el planeta Tierra, actualmente habitado por 8.000 millones de personas y con una población mundial triplicada en los últimos 70 años. Por ello, se invertiría la pirámide demográfica, con mayor densidad de población en el vértice respecto la base y existiría escasez de recursos alimentarios o energéticos.

En tercer lugar, puesto que prolongar la vida selectivamente sería un objetivo inviable para cualquier ciudadano medio, me pregunto: ¿Quién podría costearlo?

Intuyo que personajes públicos con enorme poder político o económico (Putin, Trump o Soros) desearían prolongar su vida indefinidamente para perpetuarse en la Historia y dirigir (o manipular) un "nuevo orden mundial"; aunque, en consecuencia, existiría una ciudadanía tristemente sumisa y carente de libertades individuales.

Dicho lo cual, pienso que todos los seres humanos deben respetar su ciclo vital (con un principio y final), dentro del cual disponemos de libertad para darle un sentido a nuestra vida y hacer mejor uso de ella, basados en ciertos principios y valores: Sean la honestidad con el semejante, lealtad hacia seres queridos y coherencia consigo mismo, conjugados con la constancia del esfuerzo para lograr nuestras metas personales.

Obviamente, el "lobby" de multinacionales farmacéuticas sería el máximo beneficiado en los tratamientos para prolongar la vida humana sin limitaciones éticas, sociales o temporales; incluso, hasta pretender alcanzar la inmortalidad.

En definitiva, prolongar indefinidamente la vida humana es ética y sociológicamente utópico porque nadie ha nacido para perpetuarse en el tiempo. Esto no contraindica la investigación en biología celular para obtener la mejor calidad de vida en la senectud y tratamientos eficaces en enfermedades oncológicas o vinculadas al envejecimiento precoz del niño, tal como la progeria (enfermedad de Hutchinson), de rara incidencia.

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