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Eduardo Viñuela

Crítica / Música

Eduardo Viñuela

Un "clásico" popurrí de Año Nuevo

Un concierto desenfadado y un programa excesivamente ecléctico

Estamos acostumbrados a que los conciertos que abren el año tengan un aire distendido y toques de humor. Es quizás la cita más relajada de las protocolarias veladas sinfónicas, y al abrigo de este tono relajado la orquesta Mercadante capitaneada por su director Mariano Rivas planteó un "concierto–sorpresa", sin programa de mano impreso. El gijonés asumió el rol de maestro de ceremonias, presentando las piezas micrófono en mano; una labor necesaria ante lo ecléctico del repertorio. Desde hace años, el monopolio de los Strauss se ha ido quebrando en esta cita; creo que es un acierto, pero también que lo mínimo que podemos pedir es algo de coherencia en el programa.

El domingo, en un teatro Jovellanos lleno hasta la bandera, costaba asumir los vaivenes estilísticos: una polonesa de Chaikovski seguida de un baile barroco español, un número de zarzuela y otro de la ópera "Thais" de Massenet. Este fue el menú de entrada, y con el concierto discurriendo por esta senda de "varietés" la indigestión musical era inevitable: habanera, pasodoble, y hasta el final del "Concierto para piano nº2" de Rachmaninov con la que llegamos al descanso. ¿Quién da más?

La segunda parte dio una tregua, con valses y polkas muy conocidas de Strauss y Shostakóvich, pero en las propinas se desmelenaron con un danzón en el que Rivas pidió palmas, tarea nada fácil la de coordinar a un auditorio en un cinquillo cubano; no eran estas palmas las que quería dar el público. La versión de "My Way" a la trompeta llegó como un verso suelto de música pop y se hizo excesiva e innecesariamente larga, para entonces llevábamos más de dos horas en la butaca. Y, cuando ya parecía que nos íbamos, llegó el momento esperado de la marcha "Radeztky" para hacernos sentir un poco en Viena.

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