En cualquier balance de una programación navideña hay dos elementos que inclinan el fiel de la balanza: la iluminación de las calles y la cabalgata de Reyes. De acuerdo a este axioma, Gijón cerró ayer una oferta municipal con sabor agridulce. Por un lado, la ornamentación fue sencillamente espectacular (a pesar de que se redujo el horario para favorecer el ahorro energético), tanto por su originalidad como por la cantidad de espacios decorados. Por contra, el desfile de Sus Majestades de Oriente ha levantado una oleada de críticas, en parte justificadas. Los organizadores de la gran cita del 5 de enero se guiaron por un espíritu transgresor, que no es necesariamente negativo, pero se pasaron de frenada. Ni determinados decorados, ni la música de algunas de las carrozas participantes, ni los atuendos de varios de los grupos respondieron a lo que se entiende por una cabalgata pensada para niños. Salvo Melchor, Gaspar, Baltasar y el Príncipe Aliatar, casi nada pareció lo que debía ser. Fue un espectáculo descontextualizado.

Es opinión generalizada que las luces de Navidad pasarán a la historia por su enorme calidad, al margen de que algunas voces hayan echado de menos más adornos relacionados con el espíritu religioso de las celebraciones. La "estrellona" del Náutico, las "letronas" del Campo Valdés y de la plaza del Instituto, los guiños a Gijón en la ornamentación de las avenidas de Manuel Llaneza y Pablo Iglesias o el buen gusto de los arcos instalados en el centro se han llevado el aplauso mayoritario de los gijoneses, señal del acierto del Ayuntamiento en la elección de la empresa adjudicataria, que acumula ya varios años de buen trabajo. También han sido otra vez un éxito la pista de hielo, la programación del teatro Jovellanos y los mercadillos, así como el novedoso Barco de la Navidad, atracado en el puerto deportivo. Mención aparte de la gestión municipal merece la enorme labor de la Asociación Belenista, que mantiene viva la llama de una tradición con fuerte arraigo en la ciudad.

Es decir, todo fue sobre ruedas hasta la recta final de las fiestas. Primero se produjo el enorme fiasco de las campanadas de la plaza Mayor, que apenas se pudieron escuchar, entre la decepción y el enfado de los centenares de asistentes. Y después llegó la cabalgata de Reyes. La enorme polémica suscitada en torno a ella debería desembocar en una reflexión por parte de los gestores municipales salidos de la próxima Corporación, encargados de diseñar el desfile de 2024. Tendrán tiempo de sobra para limar errores y repetir aciertos.