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Maribel Lugilde

El festín del hambre

La gestión de las sobras en la cadena alimentaria

"Tened presente el hambre", clamaba Miguel Hernández, "convierte a los niños en agujeros secos" y "pasea sus vacas exprimidas frente a los comedores y los cuerpos salubres". Los líderes mundiales establecieron en 2015 que era factible erradicar el hambre en 2030. A mitad de ese camino, ya sabemos que la estimación es otra: habrá 670 millones de personas hambrientas en esa fecha. Son 828 ahora, dos veces la población de la UE. Porque en 2022, con sus rescoldos de pandemia, guerra, crisis energética e inflación, el hambre se ha dado un festín.

En ese contexto, resulta bochornoso saber que cada una y uno en España tiramos treinta kilos de comida al año. Seamos honestos, nadie se libra. O muy pocos. Siempre recuerdo, en estos casos, a una teresiana recién llegada de la geografía del hambre que en unos campamentos de verano esperaba con el plato vacío a que en la mesa termináramos de comer para hacerlo ella con las sobras. Tengo presente aquella lección pero sigo confesando, a día de hoy, mis sobras. Qué mala maestra es la abundancia.

El gobierno quiere darnos un empujoncito con la Ley de prevención de pérdidas y contra el desperdicio alimentario que entra en vigor con los primeros días del año. Un texto presentado como pionero pero que contiene tanta sensatez de abuela que no se explica que no sea un estándar añejo en estas latitudes nuestras. También aquí la abundancia estableciendo sus ritmos legislativos.

Llega la ley, por tanto, en un momento crítico de pobreza. La mayoría empobrecida y parte cruzando la frontera de la malnutrición. La norma pretende que toda la cadena alimentaria gestione sus sobras. De todas, ha trascendido una medida llamativa: que en establecimientos de hostelería se facilite llevar lo que queda en el plato aunque el cliente pagará los envases.

Pido con frecuencia en los restaurantes lo que me queda en el plato. Tan malo es forzarse a comerlo como permitir que se desperdicie. Nunca he visto una mala cara aunque sí fui reprendida alguna vez por personas que me acompañaban y que, sin embargo, por edad, habían vivido tiempos oscuros. El "hambre del 41" que tanto escuché de niña. Es curioso cómo cada cual materializa sus traumas.

Hace unos meses, en un restaurante de Gijón, se me informó de que debía pagar el envase si quería llevarme la comida sobrante. No tenía noticia de la futura norma, ignoro si el restaurante sí y se adelantaba. Aquellos céntimos me parecieron justos. Injustos son los que no se descuentan con la bajada del IVA o los que inflan precios abusivamente, propiciando así un milímetro más de pobreza.

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