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Paco G. Redondo

Caudillos y jefes

El asalto a las instituciones en Brasil y comparación con Rusia y Venezuela

Espectáculos penosos estas semanas: los del derechista Bolsonaro intentando asaltar las instituciones en la capital Brasilia sin alternativas –en una especie de copia light del asalto de los de Trump al Capitolio en Washington– después de la ajustada victoria de los izquierdistas de Lula en las recientes elecciones presidenciales brasileñas. Que la victoria sea por poco no implica que no sea victoria, lo democrático es respetar los resultados, pues si no cuando ganen los tuyos tampoco te reconocerán el triunfo los otros. Si hay pruebas de irregularidades o falsedades en los resultados deben resolverse en los tribunales con pruebas, testigos o datos, no en tumultos propios de asambleas extremistas. Cosa distinta si el proceso electoral carece de objetividad o control, en el cual los órganos presuntamente imparciales resultan ser partidistas pro gobierno.

En ese caso de dictadura más o menos velada, que a algunos les den por perdedores sin rigor tampoco tendría por qué ser aceptado. Que el gobierno controle instituciones, medios de comunicación y órganos electorales, y siempre gane las elecciones y nunca haya alternancia, también resulta muy sospechoso. Pienso en los casos de Rusia o Venezuela. En Rusia los de Putin (procedente de la policía comunista represora, KGB) siempre ganan, y los líderes políticos, empresariales o mediáticos de la oposición tienen tan mala surte que mueren envenenados, o caen por las escaleras o ventanas. En Venezuela ganan las legislativas la oposición democrática y los de Nicolás Maduro nombran otro parlamento bis chavista y constituyente. Socialismo del siglo XXI. Olé.

Tampoco pensemos que en España estamos en una democracia liberal idílica. Cuando PP y PSOE están en la oposición, hablan de jueces independientes, televisión pública pluralista, ley educativa consensuada, combatir la corrupción y demás, cuando llegan al poder van tratando de dominar todos los resortes para prolongarse en él; así pues no es cuestión solo de siglas, sino de partidocracia y controles. Sin separación de poderes y control de la autoridad no hay plena democracia de fondo, sino oportunismos para presentar una democracia de forma. Los jueces no deben ser conservadores ni progresistas, sino imparciales. El populismo y el sectarismo hacen mucha miopía y daño. La verdadera democracia debe ser estado de derecho y rendición de cuentas.

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