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Raúl Suevos

Milán en invierno

Los encantos de la ciudad italiana en esta época del año

Es una ciudad que lleva siglos lidiando con la fama de ser la más rica de Italia. Ahora le dicen capital económica del país pero, para nuestra historia, queda aquello que decía el emperador Carlos: "Francisco, el rey de Francia, y yo, sólo nos ponemos de acuerdo en una cosa, ambos queremos Milán", y es que ya entonces, tras el paso de familias de renombre a la cabeza del ducado, como los Visconti, o los Sforza, la ciudad, capital de la Lombardía, tenía fama de generar mucha riqueza. Hoy sigue así.

Con el programa Erasmus y los viajes de bajo coste, la que antes era meca de ejecutivos al socaire de las distintas y abundantes industrias que allí residen, ahora es un hormiguero de gentes de pelaje diverso y, por supuesto, variada raza, que pululan por todas partes con especial atracción por la plaza del Duomo, la catedral, y sus diversos aledaños, lo que hace que, en muchos casos, la visita a la ciudad acabe siendo para olvidar.

A nosotros, en visita familiar en la ciudad, nos pilló los últimos coletazos de la penúltima borrasca, que ya no recuerdo si llegó a ser bautizada. El caso es que, el pasado miércoles, con ligera nevada en la ciudad hasta las diez de la mañana, decidimos aventurarnos en el centro, en plan a ver qué pasa. Y pasó que estaba perfecta.

Bajamos en metro hasta Lima, en pleno Corso Buenos Aires, un poco antes de la impresionante doble Porta Venezia, con sus tiendas de grandes firmas y su gente guapa cargando bolsas de renombre, aunque con el frío reinante sólo alcanzamos a ver una pareja de ¿japoneses?, ¿chinos? Cada día es más difícil diferenciarlos. Ellos mismo eran un espectáculo de moda, sin necesidad de la compra recién hecha. En un escaparate lucían unos tejanos estratégicamente rotos combinados con un minianorak amarillo dorado, aunque para no asustar no ponían el precio. Enfrente, el edificio de Armani sugería a los mortales mirar para otro lado.

La calle, además de moda, tiene una colección de edificios neoclásicos que quita el hipo, aunque todo parece en consonancia con el entorno, incluso los tranvías modelo antiguo de los que la ciudad mantiene un gran número. Al final torcemos a la derecha, y aunque se divisa ya el ábside catedralicio, hoy en parte en obras y oculto por una superpantalla publicitaria, nosotros buscamos otro tesoro, no siempre al alcance del personal debido a las enormes colas, casi como las del Duomo. Se trata del pancerotto de la panadería Luini que, hecho con pasta de pizza y relleno, en nuestro caso con mozarella y tomate, nos vamos comiendo por la calle sin tener que esperar gracias al frio del día.

Continuará.

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