El Botánico, un ilusionante futuro por definir

Editorial de Gijón

Editorial de Gijón

Veinte años han pasado desde que cientos de gijoneses y turistas tomaran por primera vez el Jardín Botánico Atlántico en unas jornadas de puertas abiertas para dar a conocer la "joya natural recién creada", como se calificó entonces a este lugar único en el norte de España. Dos décadas de un espacio que ha situado a la ciudad como referente en la investigación botánica y en la promoción del cuidado del medio ambiente, además de acoger eventos culturales y de ocio de distinta índole. Un pasado de rotundo éxito, principalmente porque este rincón que mira de frente a la imponente Universidad Laboral ha sido aceptado por los ciudadanos como patrimonio de todos y como un atractivo por el que sentir orgullo. Y una efeméride que debe servir para abrir una reflexión sobre sus usos en el futuro más inmediato, que obligatoriamente deben conjugar la labor científica con su valor como escenario de actividades bien planificadas y respetuosas con el entorno. Un equilibrio difícil de mantener al que estarán obligados los gestores de la próxima Corporación.

La idea de crear un Jardín Botánico en Gijón germinó a finales de los años noventa y se hizo realidad durante el primer mandato de Paz Fernández Felgueroso. Desde entonces, todos los gobiernos locales, independientemente de su color político, han apostado, aunque con ópticas diferentes, por el espacio resultante de la adición de la emblemática finca La Isla, la carbayera del Tragamón, el molín de Rionda y unos terrenos próximos al arroyo Peñafrancia. Tres son fundamentalmente las potencialidades del recinto: el desarrollo de investigaciones relacionadas con la flora del arco atlántico (encabezadas por especialistas de la Universidad de Oviedo), la captación de turistas gracias a su originalidad y la organización de actividades lúdicas. Su gestión ha pasado por varios modelos, que han priorizado en mayor o menor medida cada una de esas almas, y por no pocas polémicas.

Los veinte años del Botánico son por lo tanto la excusa perfecta para diseñar su destino en el medio y el largo plazo. Tan erróneo sería limitar su utilidad a labores académicas como convertirlo en un parque de atracciones, con eventos masivos que, además de dañar las instalaciones, trasladarían una imagen que no se corresponde con su realidad. Gijón está obligado a optimizar económica y sentimentalmente este precioso enclave de 25 hectáreas (varias aún están por explotar) sin renunciar a ninguna de sus posibilidades. Confeccionar un plan al que atenerse para varios años parece el camino más acertado.