Veinte años de un museo vivo

Un equipamiento abierto a la sociedad

Javier Granda

Javier Granda

Los gijoneses nunca estaremos lo bastante agradecidos a aquellos visionarios responsables municipales que, entre la bruma del cambio del milenio, supieron ver las posibilidades que ofrecían los terrenos que el Ayuntamiento había adquirido a la Tesorería de la Seguridad Social en 1991, en la parroquia de Cabueñes, a orillas del río Peñafrancia, para crear un equipamiento singular que suscitase un interés que trascendiese los límites locales y regionales. En efecto, el Consistorio había adquirido unos terrenos en una ubicación inmejorable y en un entorno de gran calidad paisajística y medioambiental, dotados de unos elementos naturales de notable singularidad y valor patrimonial, como las deslumbrantes alisedas ribereña y pantanosa del Peñafrancia, un espectacular bosque mixto y la vetusta y hermosísima carbayera de El Tragamón, una joya del patrimonio natural de incalculable valor. Con estos mimbres y con el espléndido jardín histórico de la Isla, parte del cual fue adquirido por el municipio junto con la parte de la carbayera de El Tragamón perteneciente a la que fuera quinta de Florencio Valdés, se proyectó crear un jardín botánico no de carácter generalista al uso, sino especializado en la flora y la vegetación de los dominios del Atlántico Norte, que pudiese sacar partido a la ausencia de jardines botánicos en todo el noroeste peninsular.

Se trataba de crear un espacio singular, con un planteamiento expositivo moderno y didáctico, que pudiese atraer no sólo a un público especializado en temas botánicos y vegetales sino a un público más general. Un espacio abierto a la sociedad, que hiciese las veces de escuela de sensibilización medioambiental, de recurso con el que educar en la necesidad de preservar la biodiversidad del planeta y el aprovechamiento sostenible de los recursos del medio. Pero el Jardín Botánico Atlántico de Gijón debía ser algo más; una institución científica en la que trabajar por la conservación de la biodiversidad vegetal, la investigación en el campo de la biología vegetal y en la divulgación de los contenidos relacionados con el trabajo dentro y fuera de la institución.

El 25 de abril de 2003, el Jardín Botánico Atlántico abrió sus puertas quedando organizado en cuatro áreas temáticas: el Entorno Cantábrico, la Factoría Vegetal (o jardín etnobotánico), el jardín histórico de La Isla y el Itinerario Atlántico. Gracias al buen hacer de un dinámico equipo científico y de didáctica y divulgación, el botánico gijonés se convirtió en algo más que un singular equipamiento público; en un museo vivo, dinámico y cambiante, que rehuyó de la reclusión en los límites de su propio verdor natural para abrir sus puertas a la música, a la poesía, a la pintura, y en definitiva, a la cultura y a la sociedad gijonesa. Con el paso de los años nuestro jardín botánico se ha convertido en un bosque maduro, como la vieja carbayera acidófila de La Isla, un ecosistema complejo, hermoso y cautivador en el que todos sus elementos están imbricados, y del que todos los gijoneses nos sentimos orgullosos.

La celebración del veinte aniversario de su inauguración es un buen motivo para acercarse al Jardín Botánico Atlántico y dejarse seducir por sus innumerables encantos, para olvidarnos de planos y guías y dejar que los sentidos, desbordados por los colores y los olores de esta luminosa primavera, guíen nuestros pasos.

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