Opinión
El don de regalar canciones
En el adiós a un intérprete vitalista, irónico, bienhumorado y con un repertorio asombroso
A Julio Ramos no le gustaba pararse mucho tiempo en la visitación del pasado, esa construcción del tiempo que nos ata a las ficciones de lo que fuimos. Veía en ese ejercicio de la memoria una trampa para añorantes y melancólicos, el vano intento de construir una imagen fija pese a la complejidad de toda biografía. Detectaba ahí, en la complacencia con las formas del pretérito, un anquilosamiento. Vitalista, irónico y bienhumorado, solidario y con el oído agudo de los que nacieron bajo la gracia de la música, prefería el pentagrama por hacer de cada nuevo día, la celebración de las horas, el estribillo del instante, el momento y sus escalas.
Por eso, quizá hablaba poco de sus éxitos de los años sesenta y setenta, cuando tocó la fama en aquellos festivales mediterráneos y mesetarios donde ganaba premios y competía con artistas como Julio Iglesias, que iniciaba su ascenso hacia el estrellato mundial. Si insistías en que te contara cosas de entonces, cuando le abrían escenario y micrófono por ser una de las más sólidas promesas de la canción de autor en España, él prefería entonar el tema con el que se alzó, en 1976, con el Primer Festival de la Paz de Valladolid: «Mañana, cuando yo muera, / no me vengáis a llorar, / nunca estaré bajo tierra, / soy viento de libertad».
Y siempre así. Porque Julio Ramos tenía un repertorio asombroso en el que sumaba, a sus propias composiciones, los deslumbrantes cancioneros ajenos con los que trazaba un autorretrato sentimental y político: tangos y tonadas, boleros y fados, el rock y la bossa, el flamenco y la canción francesa. Lo mejor de lo bueno. Y con el conocimiento de quien ha escuchado y aquilatado mucho. Hace un año, más o menos, me envió un correo en el que listaba, en una especie de décima, a algunos de los dioses de su heterogéneo olimpo: de la Callas a El Presi, pasando por Gardel, Sinatra, Édhit Piaf, Brel, Camarón, Amália Rodrigues, Lennon, Janis Joplin, Caetano Veloso o Serrat.
Durante las transiciones de la Transición y ya como Xulio Ramos, cansado de las bambollas festivaleras y de los navajeos de las compañías discográficas, se convirtió en uno de los bardos del Nuevu Canciu Astur, la réplica a este lado del Payares de la Nova Cançó. Toda aquella inquietud musical y política, social y asturianista, cuajó en dos discos posteriores que aún nos gustan por la ambición del intento y las cualidades vocales de quien nunca dejó de cantar muy bien. Me refiero a «Esparabanes» y a «Solar d’amor y arume verde», un homenaje a Andrés Solar, el prematuramente fallecido escritor de Deva.
Ni los bares ni el mucho tabaco rubio que fumó estropearon el característico timbre de voz de Julio Ramos. La prueba es un trabajo aún inédito en el que canta y pone música, con la producción y el acompañamiento de ese extraordinario guitarrista que es Emilio Ribera, a una decena de poemas de mi libro «Gran desconcierto». Un puñado de temas que estaban ya grabados a finales de 2019 y que sorprenden por la variedad de los enfoques musicales. Nada de sobar el pasado. La pandemia del covid y otros imponderables alteraron los planes de edición de un disco que será ya póstumo, el testamento de este ovetense que hizo de Gijón un afecto para la creatividad y el horizonte.
De arraigadas convicciones socialistas, militante de a pie de Casa del Pueblo y cordial en su figura de veterano de las músicas de las emociones, Julio Ramos es aún el amigo generoso que siempre nos regala una canción para seguir adelante. Sí, solo importa la búsqueda.
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