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Opinión | Nuevas epístolas a "Bilbo"

Cuentacuentos: Alicia y la doncella monstruosa

En "El cuento del grial" irrumpe ante la corte del rey Arturo una doncella monstruosa a lomos de una mula leonada. Chrétien de Troyes, el autor, traza, con crudeza despiadada, una prosopografía horrenda de la mujer. Dice que tenía por peinado dos trenzas retorcidas y negras. Que nunca se había visto hierro tan oscuro como ennegrecidos estaban su cuello y sus manos. Que sus ojos eran dos agujeros pequeños como ojos de rata. Su nariz, de mono o de gato. Sus labios, de asno o de buey. Que los dientes de la doncella parecían más bien de huevo, tan rojizo era su color. Que tenía barbas como un buco. Que en medio del pecho tenía una giba y, por detrás, la espina dorsal semejaba un bastón ganchudo. La joroba y las piernas deformes, junto a caderas y hombros inadecuados, constituían todo lo que se precisa para abrir un baile grotesco. No se menciona el nombre de la monstruosa doncella. Solo se nos cuenta que llegó montada en una mula leonada y endiñó una buena repasata, un público rapapolvo al caballero andante galés Perceval, uno de los primeros protagonistas de la saga de leyendas caballerescas. La innominada y monstruosa doncella reprochó a Perceval su ignorancia del significado de la punta de la lanza que goteaba sangre, del plato místico de las obleas y del mítico cáliz. Un desconocimiento desdeñoso y culpable el suyo, vociferó, capaz de originar calamidades y catástrofes a tutiplén.

Se llamaba Alicia. Y no por eso dejaba de pertenecer a la congregación mundial de la anonimia. No por la casualidad de responder al nombre de Alicia era más visible que el anónimo adefesio de aquel libro de caballerías. Cuando se tiró por la ventana, se estrapalló contra la furgoneta y su cuerpo despanzurrado rebotó al suelo, nadie supo dar señales precisas de su existencia, solo insignificantes retazos sin ninguna trabazón. El portero del inmueble confesó que era muy guapa y elegante. El dueño del bar más próximo murmuró por lo bajinis que su silueta y andares se igualaban a los de esos ángeles medio en cueros que desfilaban por las pasarelas de Victoria’s Secret. El hijo se despedía de ella con un beso en el portal cada quince días y le pagaba las facturas de teléfono e internet cada mes.

Cuenta Chretién de Troyes que la doncella monstruosa, después de reprender a Perceval y arengar al mismísimo rey Arturo, espoleó la mula leonada y… fuese… Sin más.

Alicia se arrojó por la ventana de su piso de alquiler con los ejecutores del desahucio pisándole los talones. Las crónicas de urgencia se limitaron a espolvorear vestigios o improntas de su personalidad puramente delebles… Sin más.

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