Opinión

Fundido a niebla

"Los últimos pastores", de Samu Fuentes, ocaso en el epicentro de nuestra identidad

En la escena final del documental "Los últimos pastores", del asturiano Samu Fuentes, la niebla asciende tan rápidamente montaña arriba que engulle a uno de los dos hermanos Mier, protagonistas del filme, e invade pantalla y mirada del espectador. Todo el metraje podría resumirse en ese plano: el destino de la invisibilidad acaba alcanzando al pastor.

La película está ahora mismo en cines y les recomiendo que cuando acudan a verla sustituyan mentalmente en el título el artículo determinado por un posesivo: es a "nuestros" últimos pastores a quienes escucharán y contemplarán desenvolverse en unas cabañas mínimas, antesala del hogar total que es para estas personas la montaña. Los Picos de Europa.

El filme tiene obviamente una clave universal. El abandono del espacio y la cultura rural por el éxodo permanente hacia las grandes urbes, muchas veces para habitar los purgatorios extenuantes de las periferias. La gradual desconexión con la Naturaleza por ausencia de memoria generacional. La ganadería intensiva arrollando aprendizajes milenarios y formas ancestrales de convivencia con los animales.

Todo ello se va evocando conforme asistimos a la existencia austera, atemporal, de Manuel y Fernando Mier. Su vida en armonía fraternal y natural, acompasada a tiempos anteriores a su traducción en horas y estaciones. Su código milenario de relación con cada animal de su rebaño, una lealtad mutua basada en el reconocimiento tácito del otro. Su felicidad discreta, entre líneas, que hace inevitable la comparación con nuestras propias vidas perpetuamente insatisfechas. Abarrotadas de ruidos, posesiones, vanidades, afanes inútiles. Interpela la reducción a la esencia de los dos hermanos, testimonio vivo de otras formas de hacer y sentir.

En clave local, podemos reconocer inmensos espacios de nuestro propio territorio, donde enraízan nuestras señas de identidad, paulatinamente deshabitados, castigados por regulaciones agrícolas y ganaderas que hacen en otra parte masivo e industrial lo que aquí fue familiar, tradicional y colectivo. Inviables ya los pequeños rebaños, en batalla desigual con el lobo, convertido este en una obsesión perpetua.

Ha querido el azar que coincidiera, días atrás, la presentación del documental en la Laboral con la campaña de las elecciones europeas. En medio de tanto ruido interesado por la descarnada refriega política, se antoja imposible descender a la arena de lo esencial. Y justamente hemos de decidir con el voto sobre estas grandes pequeñas cosas, ir al rescate de lo que nos define.

Samu Fuentes deja hablar al paisaje asturiano de su propia belleza, a los hombres de sus formas heredadas de hacer y sentir. Ajenos a una cámara que retrata así para la posteridad el final de una era en el epicentro mismo de nuestra identidad.

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