Opinión | Nuevas epístolas a "Bilbo"

La maestra nueva (I)

Este cuento largo y otros cuentinos siguientes, trufados de verdades y mentiras, como todos los cuentos, los escribí, "Bilbo". con la vana pretensión de remedar el inimitable estilo de la insigne y admirada Ana María Matute. Si te gustan, me lo haces saber de cualquier manera: una mirada complaciente, un estiramiento de las orejotas, un revoloteo del rabo…

Don Tomás y doña Francisca, los señores maestros, no se presentaron ese año de 1959 al comienzo de la escuela y octubre andaba más que mediado. El alcalde repetía a quien oírlo quisiera que hasta el gobernador se iba a arrepentir de tanta incuria. Don Fructuoso, el alcalde, era un tipo de armas tomar. En la guerra, se decía, había liquidado a más de uno y de dos sin mayores ascos o repugnancias. Convocó a concejo el día de Todos los Santos al finalizar la misa y allí expuso la solución arrancada a dentelladas y medio clandestinamente a las más altas jerarquías, que hasta la capital de España llegaron sus protestas y reclamaciones airadas. Con voz de sargento en la reserva activa y pecho inflado, el alcalde Frutos aseguró a los vecinos congregados que la escuela abriría al siguiente día de Los Difuntos sí o sí, por sus arrestos y por sus muertos.

Así fue, tal como el alcalde prometió. El tres de noviembre de 1959 la señorita Ana María llegó hasta la escuela de Santibáñez de la Peña y se encontró, de buenas a primeras, con una incidencia inadvertida: La escuela tenía dos puertas, dos aulas, la de los niños y la de las niñas, separadas por una gruesa pared y ella era la única maestra designada, carente del don de la ubicuidad, que se supiera. Mandó recado al alcalde por Tasio, el niño más madrugador, acerca de situación tan embarazosa e implorando auxilio inmediato; pero Frutos le respondió por conducto del mismo mensajero que se las arreglara por sí sola, que él era el alcalde, no Dios.

El aterrizaje repentino y forzoso de Ana María, la nueva maestra, causó sensación y no poco revuelo: alta y delgada como su madre, morena y salada, las niñas la auscultaban entre mohines de disimulada admiración y patente envidia. Los niños más pequeños se propinaban codazos de complicidad, los mayores, de doce y trece años, intercambiaban guiñadas intermitentes difusoras de señales de picardía más que de impudicia.

Quien ordenó a Ana María su primer destino como maestra titulada no fue el gobernador, ni el jefe del Movimiento, ni el ministro del ramo, sino el párroco de Barruelo de Santullán, su pueblo, no tan lejano de este Santibáñez de la Peña, donde se ubica su escuela. (Continuará).

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