Opinión

Un amigo de la Casa del Pueblo

De un encuentro en San Bernardo a una inolvidable amistad

José Antonio Samaniego irradiaba dignidad. Fue un hombre bueno, grande en cuerpo, alma y corazón. Hace 40 años ejercía de disciplinado militante socialista e interpelaba con rigor a quien suscribe, que representaba a LA NUEVA ESPAÑA, en un debate en la Casa del Pueblo. Años después de aquel bronco encuentro en la calle de San Bernardo, Samaniego pasó a convertirse en uno de los pilares del periódico, contertulio enriquecedor, confidente leal y amigo inolvidable. A diferencia de Tini Areces, al que se le absolvió el pasado comunista, los compañeros gijoneses censuraban el pasado clerical de Samaniego y su conciencia crítica. Cristianismo y cultura eran fundamentos de su compromiso. Un socialismo sectario optó por personajes vulgares, y Gijón perdió a un grande en la vida política. Ganaron su familia, sus alumnos y los lectores de este periódico con su dedicación sin límites a la enseñanza y al arte.

Catedrático amable, tímido, brillante e ingenioso en la conversación, era duro en la negociación y temible en la polémica. José Antonio Samaniego deja una vida plena y fecunda. Nos queda su ejemplo, su elegancia espiritual y su entusiasmo salesiano que el entrañable profesor nunca perdió. Con decisiones valientes, ha sido un maestro de carácter, discreto y sin pedantería. Era incapaz de disimular su indignación por la falta de apoyo institucional y político a la educación y a la cultura. Hace 24 años, puso en nuestras manos su libro "Ver y comprender el arte del siglo XX". De Samaniego y de su estilo de vida hemos aprendido muchas cosas. Una fundamental: el arte de vivir admirando la belleza de fuera sin descuidar la de dentro. Gracias, Sama, no te olvidaremos.

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