Opinión

El viajero único

Regulación asturiana de la vivienda turística, referentes y alternativas a la sobreexplotación

Al tiempo que preparaba mi escapada veraniega, impresionada por el incremento de precios sobre las cifras que ya me escandalizaron el año pasado, un restaurante próximo cerró para convertirse después en dos apartamentos turísticos a pie de calle y con vistas al mar. Es la primera vez que observo en mi barrio una transformación así. Me lo he tomado como un aviso del cambio que viene. Lo hemos visto en ciudades y costas que siempre fueron por delante en un negocio que ahora parece querer devorarlas.

Asturias valora una modificación en la Ley de Turismo para regular el fenómeno disparado de las viviendas de uso turístico y vacacionales. Uno de los requisitos que incorpora es que la comunidad de vecinos dé el visto bueno. Me he imaginado a mí misma decidiendo el voto en mi propio edificio. Con lo que ya sabemos, impensable no recelar.

Cascos históricos y barrios céntricos de ciudades han ido expulsando a sus habitantes para convertirse en una galería física y virtual de alojamientos alquilables por días. Al tiempo, han ido llevando a sus periferias –o directamente ha desaparecido– el alquiler convencional asumible, ese primer paso para echar a rodar un proyecto de vida.

En Asturias, el precio se ha incrementado un 16,6% sólo en un año. Es un aviso. En situación crítica está Baleares, donde trabajadores de hostelería, hotelería, sanitarios u otros desplazados sopesan dormir en autocaravanas o simplemente abandonan el intento de ganarse la vida allí en condiciones de normalidad. Es como vivir en el aparcamiento de un parque temático.

Obviamente, los pisos turísticos no son responsables del que se denomina "turismo depredador". Pero sí una de sus especies invasoras. Peligrosa por su impacto directo sobre la población local y sus viviendas, codiciadas por los especuladores, pero también su comercio, que se encarece y luego se transforma en un dispensario de souvenirs. Ruido, contaminación, basura o consumo de agua se disparan.

El peaje de ser España el segundo país del mundo receptor de turistas, entregado a la sobreexplotación de nuestros valores con poca o nula intervención, nos ha traído hasta aquí. Asturias, recién estrenado su atractivo postpandemia, sobradamente duplica ya su población si sumamos sus visitantes anuales. Claro que hemos de actualizar nuestra normativa. E intentar ser ejemplo de otras formas de hacer. Es imperativo.

Hablando de ejemplos, les propongo que indaguemos alternativas. Existen. El turismo regenerativo o de voluntariado, para implicarse en proyectos humanitarios o de naturaleza. El colaborativo, que comparte recursos de transporte, alojamiento y ocio. El de proximidad, que busca paraísos cercanos. Opciones para acariciar de nuevo el sueño de todo viajero, que tan bien resumía Javier Reverte: "ser el turista único".

Suscríbete para seguir leyendo