Opinión

Jurisprudencia de un cruasán

Todos hemos perdido con la desaparición de la confitería La Suiza

Un aspirante a poeta e incluso cantautor y ahora opinante, pone letra y música a su barrio de influencia, Llano del Medio en Gijón continuo y entrada carbonera que lleva el nombre de Schulz, antaño con paradas de tranvía. Hoy exhibe un eclecticismo cultural sin precedentes con presencia multinacional, sin más lectura que el acogimiento gijonés, nada que ver con aquella llamada industrial y minera. Somos un continuo humanitario también.

La avenida Schulz se ramifica en travesías gracias a indianos como Marcelino González a cuya familia nominó en callejero como documenta el docto cronista oficial de Gijón, Luismi Piñera.

Gijón es así, se construyó con trabajadores propios y ajenos, empresarios y emprendedores como los propietarios de la confitería La Suiza, justo a la altura del nexo umbilical que une al barrio más poblado con el Pumarín de calles regionales, cuyos edificios fueron levantados por aquellos extremeños "trujillos" que nos han conquistado levantando edificios de Angel Rodríguez.

La mayoría de gijoneses hemos asistido a ese conflicto hecho público de confitería La Suiza, bien cuando íbamos a degustar sus riquísimos cruasanes y su escaparate de pasteles artesanales, o bien cuando leíamos pasquines denunciando unos hechos que han sido sentenciados por el más alto tribunal de justicia a favor del confitero y su familia.

Detrás de la sentencia está la sabia abogacía de uno de los juristas más prestigiosos, capaz de asumir casos de relevancia política y social como Gómez Bermúdez y se describe magistralmente cuando cita "la justicia está politizada y la política judicializada", concretado en magistrados progresistas versus conservadores, algo que a los usuarios nos queda muy lejos de entender.

La clave de este asunto urbano, social, próximo y de barrio está en que los vecinos nos quedamos sin otra confitería de referencia, donde acudíamos y éramos recibidos con verdadera profesionalidad y afecto, el cruasán es la razón principal.

Y como todo conflicto que se precie hay claros perdedores subsumidos en una sentencia que conlleva penas de cárcel.

Es tiempo de amnistías, de condonaciones, de perdones e indultos político judicializados y juicios politizados, lo dicen los propios magistrados.

El caso es que hemos perdido todos, nadie ha ganado. No hay medidores de intensidad del daño, ahora cuantificado en quienes han sucumbido a su propio negocio de pastelería, sin proporcionalidad del resarcimiento, ni quienes condenados y compensada la parte moral con la victoria y dineraria con la multa, se pudiera argumentar alguna gracia para que la pena de cárcel no se consuma.

Y es esa la visión humanitaria del barrio El Llano, tan universal hoy, donde estamos llamados a entendernos y al perdón, que es la palabra transversal que la judicatura y política han retorcido, simplemente por no ahondar en el principio de los pueblos, levantados con la mano de indianos como Marcelino González, el ingeniero Schulz o el propio confitero y sus trabajadoras que también han sido promotores del bien común, no todo es delictivo en esta jurisprudencia del cruasán.

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