Opinión | Nuevas epístolas a "Bilbo"

Otros cuentinos (y III)

Mensaje póstumo a Pedro Lebrón

Días hace que no nos tomamos un culete, compañero, que no me cuentas tus cuitas, ni yo a ti las mías. Como si la dureza de los tiempos que corren hubiera ahuyentado los afectos y desechado los contactos. Como si las vicisitudes ordinarias fueran capaces de entibiar la camaradería antigua e impidieran hogaño seguir cultivando el vino y las rosas de antaño, como quien dice antes de ayer. Ya vamos haciéndonos viejos, compañero. El tiempo vuela a velocidad supersónica y el abrazo, la risa, la conversación, la confidencia no esperarán mucho más por nosotros. Así que, sin disculpas fútiles, esta tarde quedamos a las ocho en Casa Juan. No hay excusa que valga. Ni tan siquiera la del finado por sorpresa.

El granizo

El granizo irrumpe en cualquier momento como un visitante inesperado con maneras intempestivas. Golpea insistentemente puertas y ventanales. El administrador de la finca, perplejo, no sabe si abrir de par en par el caserón o esconderse debajo de la cama. El granizo provoca por sorpresa la risa tonta del miedo, la zozobra atónita del niño intimidado, el pasmo de la floresta, el espanto de las hortalizas, la ruina del hortelano. El granizo, el más chulesco y aparatoso de los fenómenos naturales, sería pura nimiedad, insignificante artificio pretencioso si no se hiciera escoltar por falanges de truenos y centellas.

El espejo del tocador

Casi nunca te mira con detenimiento. Hoy te pilló desprevenido y escrutó tu rostro a placer, a sus anchas: Tres profundas arrugas en una frente de media cuarta de anchura. Seis patas de gallo en las esquinas del ojo izquierdo y tres en las del derecho. Te repasa con los dedos de cristal cuatro verrugas en el párpado superior del ojo derecho al cerrarlo, dos en el izquierdo. Una mata de pelo paja te cuelga por encima de las orejas; patillas tupidas, cortas; cejas despobladas, ralas. Al detenerse en tu mirada, no puede desvelar el color, pero sí la pesadumbre. La luz, escasa, no disimula dos abultados párpados colgantes, incapaces de desprenderse de los bordes de las pestañas inferiores. Al finalizar el escrutinio, menospreciando una nariz anodina, se regodea en la contemplación voluptuosa de la carne desaprovechada de tus labios. El espejo no pudo contenerse. Te besó.

Ese puto espejo de corta peana ignora, el muy cretino, que los síntomas más evidentes de tu senectud no se descubren en tu rostro sino en la flacidez progresiva de tus muslos, en el raquitismo creciente de tus canillas. Esa nimiedad de la reflectancia, ese enclenque, ese mono tití del reflejo no llega a las extremidades inferiores porque no es un espejo de armar, o sea, de cuerpo entero.

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