Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Añoralgias

Luces y mandangas y Noticias a las 7

Tiembla, Abel Caballero. Cinco millones de puntos LED indican que estamos en la pomada, como dicen los de Deportes cuando está a tiro el ascenso directo o entrar en play off. Esa segunda estrella de Belén que plantamos en Los Patos con San Lorenzo detrás nos señala el camino, sí, pero el del mismísimo Vigo. Es como un anuncio de sorpasso porque al luminoso alcalde vigués ya le salen competidores a declarar el inicio de la Navidad en todo del Planeta. Este año, de hecho, se le adelantó Maduro a primeros de octubre. Pareció una chifladura pero aquí ya estamos remontando noviembre.

Con lágrimas centelleantes sobre Corrida, el Antiguo Instituto envuelto en un lazo rojo, el faro del Sporting alumbrando la cuesta del Cholo y ese Náutico de fondo para los «selfies», Gijón está a una tercera estrella de empatar con La Salgar. El año que viene perdería Caballero el liderato luminiscente y se quedaría con Iago Aspas y el mercado de ostras como activos de interés turístico. El encendido de las luces lo televisará Ferreras, pero aquí en la plaza Mayor, donde el abetón habrá desbancado en altura y porte al del Rockefeller Center (y sin motosierra mediante). Saldrá Carmen Moriyón rodeada de niños cantores y concejalas con gorros de Santa Claus, porque no le va a tocar siempre a Almeida (el alcalde, no el de Otea) el privilegio de encender la Navidad en directo por Atresmedia.

Vivimos en tal afán desestacionalizador que no se escapan estas entrañables fiestas, ni la cola de tres horas en Doña Manolita a un mes vista del sorteo. Con la agenda de diciembre rebosante de encuentros y compromisos: venga brindis de tardeo y sesiones vermut y vengan cachopos y mandangas. Cuando Almeida o Caballero aprietan el botón de encendido urbi et orbi todavía falta el Adviento entero para la Buena Nueva. La mala es que si llamas para reservar mesa en cualquier sitio ya estará completo o te ofrecerán dos taburetes altos en barra en el primer turno, el de horario europeo (el segundo es a las diez y media, pero no empezarás a cenar antes de las once). Así se desestacionaliza el Adviento hasta invadir el Tiempo Ordinario, de modo que a una comida de empresa con turrones y burbujas ya te enfrentas cuando todavía no hay carteles de BlackFriday en los escaparates ni empezó la tele a dar la brasa con sus cinco mil anuncios idiotas de colonia jadeados en francés. Los colapsos de tráfico para entrar a los parkings todavía se localizan en vísperas de la Constitución, ese 6 de diciembre laico que mira raro al 8 religioso, y viceversa.

De la Navidad que conocimos queda la Misa del Gallo, la mirada absorta de los niños al paso de la Cabalgata de Reyes y el max-mix de villancicos de Manolo Escobar sonando en bucle en el centro comercial. La Navidad era aquella película de Frank Capra con James Stewart y Dona Reed, pero mejor que nadie la retrató Berlanga en «Plácido», que parecía una comedia pero resultó ser un descarnado alegato contra el cinismo solidario. Seis décadas después del motocarro de Cassen, el cinismo hoy es el creyente Occidente cenando el 24 de diciembre tras declararse una tregua, para reanudar el bombardeo el 26. Y sin Simon & Garfunkel de fondo cantando «Noche de Paz-Noticias de las 7 en punto».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents