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Opinión

Recuerdos de un político ejemplar

Me alegró el homenaje tributado a Sergio Marqués, a quien tuve el honor de tratar, por motivos profesionales, al poco de su elección como presidente del Principado. Andaba yo en la veintena, y llevaba pocos años trabajando en el servicio de asuntos europeos de la comunidad autónoma. A comienzos de 1995 el gobierno regional, liderado por el socialista Antonio Trevín, y siguiendo los pasos de otras comunidades autónomas, había abierto una oficina en Bruselas. Fui el elegido para hacerse cargo de la encomienda junto con un compañero del antiguo Instituto de Fomento Regional, más dedicado a la vertiente de apoyo empresarial de la oficina.

A los pocos días de su elección, Sergio Marqués llegó a Bruselas para participar, como miembro titular, en el pleno del Comité de las Regiones. Lo hacía acompañado de otro gijonés, el ingeniero naval Juan Alsina, uno de sus hombres de confianza que ocupaba la Consejería de Economía. El joven inexperto que los recibió a pie de avión trataba de disimular sus nervios e inseguridades, que pronto se desvanecieron ante la proximidad y cercanía de los nuevos cargos. A lo largo de tres años se repetirían aquellos encuentros con bastante regularidad, ya que Marqués solía participar asiduamente en aquellas reuniones del Comité, que se celebraban con carácter bimensual.

Treinta años después recuerdo su exquisita caballerosidad en el trato, para mí todo un modelo a seguir en aquellos inicios de mi andadura profesional. Lo mismo que su ejemplar austeridad. Viajaba a la capital belga sin acompañamiento de ningún tipo, nada de escoltas, personal de gabinete, prensa u otro tipo. Esto me obligaba, aunque gustoso por mi parte, a una apretada agenda en aquellos días. Le acompañaba a las sesiones del Comité, me encargaba también de programar y cerrar sus frecuentes entrevistas con representantes y funcionarios de las instituciones europeas (Parlamento y Comisión), o también de cuestiones de intendencia como sugerir y reservar los restaurantes para los almuerzos y cenas. Ni por edad ni por situación íbamos a convertirnos en grandes amigos, pero nuestro común origen gijonés, y algunas aficiones compartidas, sí contribuyeron a forjar un mutuo vínculo de afecto y aprecio.

Cuando en 1998 le transmití mi deseo de cerrar mi etapa bruselense, sugiriéndole incluso el nombre de mi sucesora, todo fueron facilidades para el retorno A los pocos meses mi carrera profesional dio un giro que me desvinculó definitivamente del Principado. Una cálida entrevista en la sede de la presidencia cerró aquella etapa. Eran ya tiempos convulsos, de sobra conocidos. Después sólo volvimos a coincidir fugazmente en algunos actos o espacios públicos. El cainismo, más frecuente de lo deseable en nuestra derecha regional, creo que fue injusto con una excelente persona. A pesar del tiempo transcurrido, nos quedará siempre el ejemplo de su honestidad y entrega al servicio del bien común.

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