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Opinión | Comentarios al paso

Amor maduro (y II)

En el artículo anterior insinuaba que, si nada se tuerce, en el otoño que asoma a punto de caramelo podría aparecer el libro "Prosas poéticas de cine" -gentileza de la editorial BajAmar-, un nuevo intento de vincular extraña y privativamente títulos de películas conocidas a textos como los que muestro a continuación: una reacción desesperada e inútil contra el edadismo febril que impera en tiempos de urgencias y desbarajustes.

Hable con ella

Y nos quedaremos los dos a solas, te lo advierto, mujer, después de cincuenta años. Y tendremos que aprender a mirarnos de nuevo, de ahora en adelante con las gafas puestas, me temo. Nos rodearán sombras, ausencias, vacíos terroríficos. Dormiremos con los teléfonos móviles debajo de las almohadas. Los lazos que nos unan se teñirán con el agua escurridiza de los océanos, cuyo salitre convertirá nuestros dedos en llagas escocidas. Los rescoldos de la ternura, que existió, se apagarán a todo trapo, me temo. Los copos de avena del desayuno te sabrán a nieve sucia, como a veneno explícito me sabrá el tabaco en ayunas. Ya no dispondremos de tiempo para soñar, me temo, porque los sueños se agostaron en el transcurso de esos cincuenta años, se consumieron sin darnos cuenta. Las dos criaturas, engendradas cuando éramos dioses, se afanarán en la búsqueda de paraísos ficticios, disfrutarán del derecho que les asiste a explorar presuntos territorios de leche y miel; elegirán, aunque no lo sepan, senderos inevitables. Mientras tanto, la casa se nos inundará de pábilos en combustión, de llamas temblorosas, de penumbras, de silencios, de soledades; un escenario desconocido e inédito que se preñará de renovadas fatigas, de rutinas rancias, de reproches latentes, en escondido; el baluarte tras el que nos parapetaremos a la espera de sucumbir por extrañamiento, aplastados, me temo, por las horas finales.

Ma ma

Cuando los dioses fornican a escondidas, la naturaleza les extiende una alfombra luminosa:

"Respondióle Zeus, que amontona las nubes: ¡Hera! No temas que nos vea ningún dios ni hombre; te cubriré con una nube dorada que ni Helios, con su luz, que es la más penetrante de todas, podría atravesar para mirarnos. Dijo el Cronida, y estrechó en sus brazos a la esposa. La tierra produjo verde hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y tierno para levantarlos del suelo. Acostáronse allí y cubriéronse con una hermosa nube dorada, de la cual caían lucientes gotas de rocío".

Si los aedos lo declamaron y Homero lo refirió a la posteridad en el canto XIV de la "Ilíada", decidme, pues, diosas supremas y dioses venerandos, qué milongas amorosas idearemos los mortales en nuestros lechos cutres.

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