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Turismo silencioso

No sé cuándo empezamos a asociar verano con ruido, pero ya no hay vuelta atrás. En Gijón, desde que amanece hasta bien entrada la noche, la ciudad retumba: escenarios al aire libre, conciertos en bucle, música saliendo de cada local, obras en la calle, terrazas sin tregua. Ni siquiera en el agua hay descanso: a veces, mientras me baño en San Lorenzo, escucho música que no elegí. Y, a menudo, tampoco deseé. El ruido se ha convertido en la banda sonora oficial del verano. Pero… ¿y si no queremos escucharla? ¿Y si buscamos otra cosa?

Este verano, por cuestiones profesionales, no he podido irme de vacaciones. He vivido la ciudad de forma más constante, más observadora. Y me he dado cuenta de que hay un tipo de agresión a la que nos estamos acostumbrando sin cuestionarla: la contaminación acústica. Esa que no se ve, pero nos altera. Esa que impide abrir las ventanas si vives en el centro. Que nos acompaña al dormir, al trabajar, al pasear. Que convierte lo público en un espacio invadido.

Y no lo digo solo yo. Los vecinos de Cimavilla –ese barrio que es postal y pesadilla a la vez– llevan años denunciando una situación insostenible. El ocio ha invadido el derecho al descanso. Y lo ha hecho con total impunidad, como si lo lúdico no pudiera ser también responsable.

Y lo más inquietante: hemos dejado de considerarlo una falta de respeto. ¿Cuándo dejamos de llamar "malos modales" a hablar a gritos en un restaurante? ¿Cuándo empezó a ser aceptable compartir un espacio en la arena escuchando el altavoz del de al lado? No lo sé. Pero me cuesta entenderlo. El volumen ya no se percibe como exceso, sino como entusiasmo. Y el silencio, como sospechoso.

Reivindico aquí, desde un local en la céntrica calle del Instituto, otro modelo. Un turismo que no necesite amplificadores. Una cultura que apueste por la gastronomía lenta, envuelta en una buena conversación; por las exposiciones que permiten el placer de contemplar sin prisa; por los paseos solos acompañados por el mar. Un ocio que no tenga que sonar para ser vivido. Y si tiene que sonar, ¡que suene! Pero en espacios acondicionados para ello, que lo disfruten quienes han adquirido sus entradas, no quienes lo sufren desde sus ventanas.

Me atrae profundamente la posibilidad de una ciudad que ofrezca espacios de calma en verano. Museos abiertos hasta noche, cenas tranquilas en cualquier terraza, paseos por la ciudad sin ruta ni destino marcado en Google Maps. Una ciudad que nos cuide los nervios –que falta hace–, no solo las cifras de visitantes, que seguro las alcanzamos igualmente.

Relajémonos. Literalmente. De verdad. Dejemos que el verano suene también a agua, a hojas, a pasos, al viento… al murmullo de una conversación sin prisas. Porque si todo es ruido, nada se escucha.

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