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Carmen, dulzura del barrio

Cumplió cien años y todavía baja sola a misa, apoyada en su bastón de mango gastado. Vive en Gijón, en una piso de Marqués de San Esteban con geranios en la ventana. A las doce y media ya está en el banco de siempre, junto al Sagrado Corazón, con su fe en los ojos y la calma entre sus manos delicadas. La conocen todos: el panadero la saluda, los niños le ceden el paso, y hasta los gorriones se posan cerca cuando se sienta en la terraza de la cafetería.

Hay algo en su presencia que calma. No es solo la edad ni la paciencia, sino esa luz serena de quien ha sabido vivir sin prisa y sin ruido. Carmen no habla mucho, pero cuando lo hace, sus palabras suenan limpias, sin polvo. "Dios da a cada uno un don –dice–; el mío ha sido querer bien a todos." Y lo ejerce con fidelidad: un saludo, una sonrisa, una bendición a quien pasa por la puerta, un vino con su hija Carmen en la cafetería de siempre, mirando a la calle Corrida.

Su vida, larga y sencilla, parece un comentario vivo de la primera carta de Pedro: "Que cada uno, con el don recibido, se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la gracia de Dios".

En el barrio dicen que su dulzura tiene efecto: apacigua el mal humor de los lunes y hace que la misa de diario parezca domingo. Cien años después de nacer, Carmen sigue siendo eso que el mundo necesita y pocas veces celebra: una abuela deliciosa, una mujer discreta, de esas que aligeran las cargas de la vida, a los que están a su lado.

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